martes, 15 de junio de 2010

La mujer de E. Hopper.


La belleza, el aroma, la verdad. El cielo, las ortigas, el silencio. La sangre, las aguas, un niño. Todo es la vida es pasajero. Sin embargo, en el arte, la condición es la perpetuidad.


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Hasta donde lleguen las raíces, donde todo se prodiga en los albores del silencio; hasta los vientos se hagan blancas colinas, donde el sueño se prodigue y entregue sus entrañas desvencijadas. Hasta donde las palabras no sean más que orificios y fisuras y delirios que acerquen la armonía de los objetos invisibles.

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Cada mañana, debo esforzarme por comprender a qué me dedico durante tanto tiempo. Es por esta incomprensión, por la que, en muchas ocasiones, me desobedezco. Esta repulsa provoca que tenga que alejarme y que, por el contrario, deba recluirme en solitario. Eremita trágico.
Durante esa estación en solitario observo los intereses comunes que me rodean y no encuentro ningún subterfugio por el que poderme impulsar. Falta una melodía de Debussy que lo atraviese todo, una pintura de Tiziano, acaso un verso de Rilke. Por más que someta a la templanza al otro que me ocupa en la mañana, veo cómo la luz prodigiosa del amanecer es desaprovechada por mis ojos, por mis ojos veré la muerte.
Estos ojos que reclaman una melodía, un pintura la sucesión de unos versos son los mismos que manejan la imagen de un mundo que ilusamente se prodiga a diario y que detesto con demasiado énfasis. Estos ojos y estos oídos me han hecho apartarme de esa especie que se prodiga en minucias, en aguachirles, pasto de las llamas. Porque una palabra en la mañana, con la luz declinándose por las lomas, construye un mundo a pesar de sus habitantes incapaces.
Llegar en la mañana a la vida como esa mujer en la habitación de un hotel del cuadro de E. Hopper y que tiene las maletas sin abrir, los zapatos por el suelo, la ropa en un sillón y sólo su cuerpo blanquecino y mustio por la soledad soportando entre las manos un vivífico objeto.