lunes, 6 de junio de 2011

Al leer el pasaje de Sergio Pitol, mientras estaba en Cádiz, me he acordado de un lector, R.G., de un escritor, Pessoa, y de un yo que no soy yo y que nunca fui aunque desea serlo: “Persistentemente me convierto en otro […] una fantasía que viene de la infancia: un deseo perdurable de ser invisible. Ese sueño de invisibilidad me acompaña desde que tengo memoria y subiste hasta ahora; anhelo ser invisible y moverme entre otros seres invisibles”. Yo es otro.



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En Cádiz. Este lugar pertenece a la fábula, al menos, a ese espacio de la memoria que conduce a unas conexiones irracionales del imaginario. Bien pensado, el imaginario siempre es irracional para el hombre, pues elimina las fronteras del tiempo y el espacio.
He paseado por algunas calles acompañado de un viento percuciente, de piedra y sol. Sentado en un café, con el libro de Pitol abierto y con el bicolor en la mano, la página vino a recogerse en una luz que, solo aquí, proviene de una profundidad oculta, inmarcesible. Un señor lee en voz alta los titulares del diario que sostiene con interés de náufrago. Los lee y los repite, algunas veces sonríe y me mira buscando una complicidad, un asentimiento, acaso la benevolencia de sentirse en una tribu fracasada del que alguien más es adicto.
Aquí los agrupamientos son bien distintos. Se produce un calor, un fervor repentino de corte dramático entre quienes se entrecruzan. Así ocurrió con el señor del diario, a quien se le acercó un compañero con aire jovial que lo comenzó a saludar desde la esquina. La escena fue una ficción y solo hubiera faltado que el señor que iba a incorporarse a la mesa vecina dije, dejando el bastón a un lado y el hongo sobre la mesa, "¿Qué tal, Bouvard?”, con tono jocoso, a lo que irremediablemente, el señor del diario, de la mirada cómplice, del asentimiento y la tribu, respondió, ”Hola, Pècuchet”, con tono agrio, pero desafiante.
Es obvio que no sucedió tal cosa, pero sí aconteció en mi mirada, en la que utiliza la ficción como el cedazo por el que percibo la realidad, la terca y simple realidad que, cada día, se hace literatura. Sí sucedió porque o hace ahora como es yo que nunca fue y que aquí quiere serlo por momentos. Hoy puede decir que estuve con Bouvard, con Pècuchet, en una ciudad portuaria cualquiera, de horizontes marinos, de aires sofocantes, de libres ilusiones en la tierra que pertenece, desde que se sueña, a la fábula.