martes, 28 de junio de 2011

Conozco a muy pocos escritores que alguna vez hayan indagado en cuestiones filológicas o en estudios literarios. Se me viene a la cabeza Juan Goytisolo, pero también Umberto Eco o Sergio Pitol, todo eso sin contar con escritores de la la envergadura intelectual de Herrera o de Octavio Paz. Existe esa creencia en los escritores de que el escritor no necesita del conocimiento de esos rudimentos y conocimientos de arqueología verbal para que una obra pueda alcanzar la altura de la genialidad. No lo creo así últimamente.

En este sentido, no conozco una forma mejor de conocer esa morfología de la literatura que el estudio y la lectura de los estudios literarios desde la antigüedad hasta bien entrado el siglo XX y ,por ende, de los estudios lingüísticos que tanta luz arrojaron y siguen arrojando sobre escritores y obras imprescindibles. No me estoy refiriendo tan solo a obras de culto que cambiaron la recepción de ciertas obras, como ocurrió con Góngora y Dámaso.

Todo esto ha sobrevenido porque no concibo que un pintor o un crítico de arte no conozca las cualidades de este o aquel material; que un músico o un crítico no conozca las técnicas y los procedimientos con que se compone en música. Así como tampoco entendería que un filósofo obviara todo lo que se ha escrito sobre los conceptos fundamentales o que un científico comenzara su investigación sin tener en cuenta el punto último de los estudios.

Por tanto, creo necesaria la formación del escritor en la teoría de la literatura y, consideraría fundamental, la formación del escritor en los estudios lingüísticos.

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Una obra de arte muestra una lucha, una contienda. El que la contempla, si es sensible, deberá actuar en ella.

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Hoy me he sentido muy alejado de todo, de todo lo que me resulta fundamental. Ha sido como si otro universo hubiera ocurrido en el lugar de mi vida. Por unos momentos, he tenido conciencia de esa circunstancia, pero no pude escapar como es costumbre. He percibido lo vacuo y he comprobado cómo hay quien vuelca su vida en insignificancias.

M. C. me dice siempre que lo que para mí es una banalidad para otro puede ser realmente importante. Me lo dice porque sabe que temo la cercanía de ese tipo de vida acomodada en lo epidérmico, en lo efímero. La brevedad, que es consustancial a nosotros y a lo que entendemos, no puede permitirse esos resquicios.

Ese afán por extraer de lo cotidiano lo permanente, lo sustancial, es una lección de la poesía y de las artes. Ellas proponen, desde la materia finita, la ponderación de lo que permanecerá hasta más allá de lo que entendamos por tiempo. Y ahora que reflexiono escribiendo, creo que la filología –que es el arte de leer despacio, como decía Alfonso Reyes- es justamente la mejor forma de la lectura que me contenta y el mejor reflejo de que la vida se lee y de que la literatura se vive.

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En la mesa: Nietzsche, Menéndez Pidal, Virgilio, JRJ, Octavio Paz, Antonio Colinas, Galdós, Trovadores medievales, Unamuno. Al fondo, el resto de los libros que ocupan el salón; en el sótano, otros tantos volúmenes de disciplinas distintas. ¿Qué los ha aunado, que trabazón del destino ha ido tejiendo esta trama, urdiendo esta clasificación de la realidad?