lunes, 6 de junio de 2011

Cuenta James Boswell en Vida de Samuel Johnson el caso siguiente. Volvían los dos de la iglesia de St. Clement plácidamente dialogando junto al doctor Wetherell, rector de University College, en Oxford. Toda vez que habían llegado a casa y tomado el té, decidieron, nuestro personaje y su biógrafo, recluirse en el estudio de la planta alta de la casa. Allí habían pasado varios minutos sin decirse nada el uno al otro. Es lo que entiendo un estado de complacencia, de afinidad mutua, de relajación del ser y fluctuación del espíritu.

Después de este pasaje, repito, el doctor Samuel Johnson decidió intervenir: “Todo conocimiento tiene en sí mismo algún valor”. A estas palabras de profundidad y calado conceptual vino a añadirle el doctor un consejo a su querido Boswell: “Volvió a aconsejarme que llevase un diario extenso y minucioso, pero que no se limitara a consignar nimiedades”. Una de las descripciones más perfectas de la literatura y uno de los consejos que seguiré con más vehemencia.

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El pasaje es bien conocido y fue a través de él como me introduje en la figura de Ovidio. Desde el momento en que comprendí que el sol de los desterrados es la más valiosa de las posiciones de alma, he querido trasladar ese efecto a la literatura. En ella, la única luz posible que puede prenderse es el del destierro puro, que nada tiene que ver con el territorio externo y los cronopios. El destierro es de uno mismo. Hay que levantarse la tapa de los sesos, rasgarse las tripas y ponerlas encima de la mesa, como los samuráis, esto es, desvanecerse de uno mismo. Toda vez que uno haya podido realizar dichas acciones, podrá comenzara a escribir sin titubeos, sin concesiones.

Borges, por ejemplo, quiso hacerlo mediante la cábala y la formulación de las bibliotecas. Homero se diluyó en sus héroes y Dante produjo un infierno, un purgatorio y un paraíso de raíces húmedas. Cervantes se desfiguró en la expresión más contenida de la realidad y Shakespeare desplegó las simetrías de lo divino humano. Así las cosas, podría decirse que la literatura es esta expresión o aquella, que concierta con el silencio un tácito pacto de eternidades, pero nunca deberá uno traicionarla, porque en su movimiento perpetuo, quien sale escaldado es el estafador.

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La extensión de estas palabras sortean su territorio porque en ellas nada de lo pronunciado puede limitarse, nada de lo que se sugiere pertenece a límite alguno. Es el instinto de la humanidad y la finitud lo que late tras ellas; la imitación del cosmos, por ejemplo, ese ejercicio onírico de Dios; o la serenidad aparecida hoy sobre los campos, con los girasoles rotando como un corifeo griego al son de la danza de la noche en la noche. O la simple nota armónica de la noche desnuda, del bosque y el hallazgo desnudos, como erratas de un libro.