viernes, 3 de junio de 2011

Leo Una autobiografía soterrada, de Sergio Pitol. Sin meditarlo, acudí a las baldas donde se amontonan los tomos de literatura hispanoamericana, aquí, en este salón, para rescatar El mago de Viena, el mismo libro del mismo autor salvo que en el primero de los citados se ha adelgazado lo que se repite.

Considero que el título es una magnífica excusa para empezar a darle pábulo al diario, porque un diario es siempre una autobiografía soterrada. Lo he confirmado después de hablar con el amigo y poeta J.G. quien me preguntó por qué había quitado los comentarios de esta bitácora. La respuesta fue simple. He eliminado todo lo que caracteriza al formato digital. No hay imágenes, ni vídeos ni enlaces en los textos, por lo que el resultado solo es la palabra. Además, le dije, no me imagino a Tólstoi o a Chateaubriand o a John Cheever escribiendo en su diario con alguien que le enviaba comentarios a lo escrito tan absurdos y vacuos como los que suelen leerse en público. Así, con el arte de la fuga de Pitol, el mago provoca una mezcolanza de géneros y tonos que merecen un elogio. Y ni un solo comentario por remiendo.

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También compré hace poco Caminos de bosque, de M. Heidegger: “cuándo habrá un canto que cante esencialmente”. Después de leer varias páginas del libro, llego a afirmar que la poesía habita al hombre y lo descifra. Más allá, la lucha por la belleza es el orden y el sentido de la vida del hombre.

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Creo que Borges decidió escribir una biblioteca personal o una biblioteca de autor porque deseaba explorarse a sí mismo, horadrase a través de una propuesta estética, como Pessoa. La indagación en la lectura es un sometimiento a nosotros mismos, un expurgo por de dentro que no cesa en continuos giros, pues las lecturas son tan cambiantes como lo somos de continuo. Así, Borges nos aleccionó de esa forma porque, como dice Foucault, las palabras y las cosas pueden provenir únicamente del deseo.