domingo, 26 de junio de 2011

Estuve recordando por unos minutos cómo y cuándo conocí a Rudolf Grajalevsky en Sevilla. Ocurrió en la exposición –brillante, singular- de los impresionistas rusos. Hasta ese momento, no tuve noticias del poderío que tal movimiento había conferido a aquellos pintores rusos. Tal fue el impacto que, por aquellos días, estuve escribiendo en el diario no pocos poemas que ya han sido destruidos. Un cuadro en que se atisbaba un señor que atravesaba un bosque, la espesura de un bosque en otoño fue el que más veces me convoco a la sala. La figura del hombre estaba trazada con una pincelada negra, una sola pincelada negra que cruzaba la escena con la potencia de un golpe solo de muñeca. Fue, en ese momento en que imaginaba la destreza del pintor, cuando surgió, como una fantasmagoría, Rudolf.

Rudolf me avisó de que el pintor de marras era un antepasado que conoció en los últimos días de su vida. Para ser más exactos, era su abuelo, un tal Alexander Puntasecack. Según Rudolf, su abuelo estuvo toda la vida obsesionado con esa pintura a pesar de que las dimensiones eran pequeñas y de que el cuadro no entrañaba una dificultad técnica extraordinaria. No importaba, aquella escena había estado percutiendo en la mente de su abuelo desde el mismo día en que conoció a Tólstoi.”Es Tólstoi”, afirmaba Rudolf convencido de que ni él mismo sabía descifrar lo que había llevado a su abuelo a esa obcecación.

Con Rudolf solo pude hablar en dos tres ocasiones. En todas, el personaje siempre tomaba una tónica con ginebra londinense que servían en un local céntrico. su verbo era mordaz y se limitaba,únicamente, a glosar todo lo que su abuelo le había contado de su relación con Tólstoi. Su mirada se perdía en el firmamento cada vez que me hablaba de la escena en que Tólstoi se echó a llorar en los brazos de su abuelo, sin duda, era una escena cargada de épica doméstica con la que parecía justificar su propia vida.

En este año en que he leído a Tólstoi con fruición no he dejado de traer a la memoria aquellos días en Sevilla. jornadas en que un cuadro, una pintura minúscula, se convirtió en el centro de mi vida por unos días, quizás los días que mejor me enseñaron qué es el arte sin que nunca hablásemos de arte como es norma.


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Después de varios días sin anotar nada, sin escribir nada, me resulta difícil encontrarme en estas letras. Es conveniente que el escritor tome distancia de sus obsesiones, pero también es cierto que uno corre el riesgo, demasiado riesgo, de perder el concepto, la armonía con que estaba trabajando.

El escultor comienza a cincelar sobre una enorme mole de mármol sin haber visto todavía el rostro y la figura de lo que resultará toda vez que el trabajo haya concluido. Cincela, golpea, martillea a tientas, luego perfila, hasta que necesita de golpes exactos y precisos que contengan lo que el mármol ha ido adquiriendo: una verdad desnuda.

El diario debe tener esa hechura y el escritor de diarios no debe perder esa destreza. El continuo trasiego de notas, el diario trabajo de pensar en el mundo, en la realidad, con la forma lingüística y filosófica de un diario son obligatorios para mantenerse con la musculatura necesaria. Porque si esto no se convierte en una corriente continua, sucede como ahora, que golpea uno con palo de ciego, sin saber qué ni cómo, solo por el vicio, -como en Sevilla-, de observar su figura en medio de un bosque silencioso, en otoño, con el silbo de un pájaro componiendo la luz.