lunes, 20 de junio de 2011

Exacto, Boccherini. Las melodías predilectas de staccato, los punzantes violines arrodillados ante la voz sochantre del violonchello. Y todo como un girasol reptante con sus pétalos de sal de sílice.

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Día aciago. Los campos poblados de esmeraldas y amarillos. Todo el campo parece tomado en junio por las partituras de Bach.


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Hoy es uno de esos días en que no me apetece escribir y en las que escribo. Lo hago porque desde hace unos años me turba la sensación de no arrimarme al diario diariamente; pienso que alguna palabra atrapada, algún pensamiento agazapado o alguna frase sin suerte necesita de la fluidez y de la ayuda de escribir aunque sea como grafómano de paso.

Esa necesidad se va edificando lentamente hasta tal punto que uno vierte en estas páginas incluso lo que nunca pensó que escribiría. Es por eso por lo que un diario es siempre poliédrico, más dinámico y plural que una novela, porque mientras el novelista trata de aguantar unas señas y unas características que se les presupone a los personajes y a sus acciones, en el diario puede uno trocar cuando quiera, en este o en ese otro, más bien en el que no siendo nunca es siendo. Y en esa confederación de almas, como escribe Tabucchi, es una de ellas la que se impone momentáneamente. Cuando eso sucede, el diario facilita el desarrollo de su voz, de su pensamiento, desnuda lo que de puro hay, si hubiere, en él. Es la democracia de los heterónimos, salvo que aqúi figura siempre el nombre de una voz, aunque sea esta múltiple.

Qué alejada queda la novela de esta virtud, qué vertebrada y predecible se conciben sus páginas con esta interpretación. Fíjense, hoy no pensaba escribir nada para este caso de nostalgia por la escritura y, de pronto, me veo urdiendo unas líneas sobre otro que quiere convertirme en diarista.


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El diario es la acción de la elipsis.