viernes, 17 de junio de 2011

De las expresiones que poseen una semántica improbable solo nos queda un eco, una reminiscencia. Expresiones del tipo “por siempre jamás” o “seré siempre todavía” o “seremos siendo”. Las pronunciamos absortos y casi sin consciencia, solo paladeando el deseo, insinuando el anhelo. Aun así, cuando menos lo teníamos previsto, las llegamos a pronunciar como un abracadabra enigmático que, quizás sin conocerlo, nos abre alguna secuencia de la realidad que aún desconocemos.

El problema del ser humano es que él mismo es incomprensión por naturaleza.

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Si la música ha sido siempre una mágica combinación de teología y álgebra, la palabra es solo pentagrama.

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En la música no hay voces secundarias, son todas al unísono. Sin embargo, en el poema solo son dos o tres palabras enclavadas en el pensamiento. El resto, sobrantes chirridos inservibles.

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Hoy, junto a R.G., hemos hablado como dos personajes de Flaubert. Uno de nosotros podría haber pronunciado aquello que tanto repetía Thomas Mann: “la técnica y el confort permiten hablar de la cultura sin tenerla”; el otro, mientras tanto, bien podría sostener abierto el libro de Bayard. Por supuesto, los dos llevaríamos colocado en la cabeza un baciyelmo y nuestras mangas mostrarían unas lujosas puñetas, bien cosidas, con las que los gestos ganarían envergadura en el aire.

Ha sido una escena fabulosa, porque me he visto formando parte de un capítulo de una novela que carnavaliza la realidad. Dos personajes, los dos más solemnes y extraños personajes de un cuadro patético, hablando, observando y analizando desde la parodia y la comedia y la extenuación. Por eso, cuando nos hemos cosido las puñetas y nos hemos colocado la toga y el baciyelmo y hubimos seleccionado la paleta y los pinceles, hemos roto en carcajadas. Todo lo que nos rodeaba nos ha llegado manoseado por la parodia y solo éramos capaces de pronunciar con ironía. Presos, como granos de arroz, por unos minutos, hemos pertenecido a la Lisboa de Pessoa, hemos habitado Tarquinia y Argel y, por supuesto, todo ello con parada en Velázquez. Por unos minutos la realidad estaba al servicio de la palabra.