lunes, 27 de junio de 2011

La música promueve la unión simbólica de sensibilidad e inteligencia, de idea y materia, sin necesidad de palabras. Convierte la materia no en significación, sino en sentido pleno y renovado. Aspiración del poeta.


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En uno de los puestos de libros, -una maltrecha bouqiniste- en la rivera del Sena, compré la traducción que realizó Valèry de Geórgicas y Bucólicas, de Virgilio. Guardo el volumen con recelo y con el recuerdo del cielo que nos acogía aquella tarde de puentes y piedras.

He querido recordar cómo mi admirado Valèry comenzó la traducción, tan elogiada por otros lectores, y cómo se obsesionó por encontrar en los versos de Virgilio la noche de la noche.

Esta tarde, al leer ciertos pasajes de sus Cahiers he intuido que algunas páginas están repletas de guiños, glosas encubiertas y diálogos intertextuales con la obra virgiliana. Nunca antes había leído a Valéry teniendo tan presente esta circunstancia. Puedo decir que he leído a otro Valèry y que estoy en condiciones de afirmar, en este diario arrinconado, que esos cuadernos son tan insondables e interminables como una enciclopedia de lo humano.he leído a Valèry con la partitura por delante.


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La palabra siempre será verdadera en el límite. La poesía ocupa los límites del límite para la palabra.


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Quisiera escribir este texto que lees en re menor, como la novena de Bruckner, con la cadencia de un apocalíptico nacimiento. En sus sinfonías existe un arrebato de conciencia en que se conjuga lo sensorial con una carga conceptual prodigiosa. Cuando una sinfonía de Bruckner comienza, no sabemos si estamos asistiendo a su final adelantado o si Bruckner compuso la sinfonía toda vez que la había terminado en su cabeza. Es uno de esos casos en que la composición ha sido manejada desde su comienzo con las propiedades de un demiurgo que puede observar, desde una perspectiva lo suficientemente amplia, para reconocer en el final de su obra el principio del arte.