viernes, 16 de noviembre de 2007

IGNORANCIA ÓRFICA

UNO de los temas que se repite en este trópico es la música. La música es una mesnada del ocultamiento; como la noche, resguardo para las extrañezas. No pretendo reseñar los libros que sobre ella dedicó San Agustín -publicados ahora en Gredos-, ni atender a la correspondencia entre Adorno y Thomas Mann en que se rinde cuenta de las filiaciones entre la música y las artes; así como no voy a desarrollar los puntales del magnífico monográfico de Eugenio Trías. Por desgracia, cuando escribo sobre el desarrollo de la música en esta ciudad es para atestiguar la continuación de la catástrofe a la que tienen sumida a la Banda de Música Julián Cerdán y, ahora también, a la Escuela (Municipal, sería un improperio) de Música.
Triste es la historia que surge de la relación entre los distintos ayuntamientos y la Banda de Música. En este sentido, seguimos hilvanando las mismas incomposturas, la dejadez en el desarrollo de la educación musical y el menosprecio de los políticos por insensibles. En no pocas ocasiones he dejado entrever que los políticos no pueden atender a las artes, por insensibles e incapacitados para la tarea de marras. No pretendo expulsar a nadie de esta república bananera de las artes en que se ha convertido Sanlúcar, sólo señalar que el Ayuntamiento apoya a sus condiscípulos y allegados, buhoneros de los presupuestos locales y truhanes de la sinvergonzonería, aun dejando a otros en las tierras de pampa de los desterrados. No es nueva esta historia, es circular y eterna, por filosófica.
No es concebible que una ciudad con este número de habitantes y con los presupuestos que obtiene deje a un lado a una entidad que magnifica las herramientas culturales a lo más alto. Pocas entidades han sobrevivido con la gallardía de la Banda de Música y menos aún han soliviantado el repetido dos por cuatro de la política sanluqueña. Parece que estuvieran invocados por una tonalidad menor que los desvela y desabastece de la capacidad para solventar este problema.
Una Escuela de Música es un Liceo de las almas, un abono extemporáneo para los futuros conciudadanos de una ciudad que pretende evolucionar. Pero, obviamente, la evolución consiste en el número de farolas que alumbren las entendederas, no en la iluminación con que irrumpe un acorde en el espíritu. Poco importa eso, pero por desconocimiento. Una Escuela de Música hace posible que un número de individuos obtengan otros hábitos distintos a la chabacanería, y con ello, a un mejor y ponderado desarrollo de una sociedad. La noche responde siempre como una respiración artificial. En ella se consiente las extrañezas de lo oculto, la naturaleza órfica de los días. Pero todo esto es papilla de la bélica ignorancia de los gobernantes.