martes, 6 de noviembre de 2007

OXIDACIONES

PARA los sábados, cuando llego a Sanlúcar, guardo la costumbre de pasear por la mañana y por el centro del pueblo. Atravieso sus céntricas callejuelas con la intención de perderme, siempre en buena compañía, por una esquina, revuelta o callejón desterrado de mi memoria. Cuando termino esta inspección aureolada de sensaciones añejas, me hospedo a la ligera en un bar situado en la esquina que está enfrente de una librería, de una biblioteca, de la Plaza del Cabildo y de la extensión de la calle Ancha hasta donde se funde con la calle San Juan. Puede decirse, a todo esto, que quizás lo imagino así, poco importa. Previamente, he comprado una tira de periódicos –entre ello este que lees ahora al mismo tiempo que yo- para que el ejercicio de observación se desarrolle con todas las garantías (en ocasiones, la realidad se convierte en un epitafio burdo de la costumbre, y encuentro en la prensa la suficiente motivación paralela para proseguir el curso de los días). Dependiendo de la hora a la que llegue, pido un café –en pocas ocasiones un café-, una tónica o una cerveza. Ya con la cerveza en la mano comienzan a producirse los desencuentros a los que tengo acostumbrada a mi memoria. El ritual es bastante monótono en su discurrir: observo con las sentencias del tiempo, conjugo los amarres del pasado y los interinos azares del futuro, porque el futuro en su esencia sólo puede ser azar.
Algunas veces veo a compañeros del colegio que se han convertido en nobles padres de familia, con la tripa aumentada y la vista perdida en la hipoteca sofocante; compañeras de afición, como la música, que han cambiado la pareja antigua (el verbo cambiar es endeble y, quizás, soez), esa que ya formaba parte de su atmósfera visual; antiguos profesores entregados a las vicisitudes hogareñas que arrastran un carro de la compra y que al verme desvían la mirada para no atestiguar el paso del carrusel de los días. Mientras tanto, como si la suma de varias cervezas provocara cierto estupor etílico, devengo en divagaciones sobre la más evidente de las antropologías y todas las miradas se van estrechando hasta la mesa en la que dejo reposar el vaso.
Por último, como el espejismo que el deshielo ha dejado sobre la superficie de la mesa, la observación se detiene en mí mismo. Abismo, exploración, extraña forma de vida. Con el escarpelo de las diferencias principio la búsqueda de mi orden en el cosmos de todos esos datos que he recogido con esmero; a fin de agradecer a los observados la ayuda prestada, brindo por ellos, detengo mi copa en alto y sonrío levemente. Me han demostrado que la virtud de la constancia es la utopía de la indiferencia, los deseos del pasado pura entelequia de los sentidos; nada es entre el fue y el será; la vida oxidada es la materia de la ficción.