jueves, 22 de noviembre de 2007

MURMULLOS

RECIÉN terminados los párrafos de Notas sobre Macedonio en un Diario, de Ricardo Piglia en Formas Breves, comencé a escribir debajo del título de la siguiente brevedad que me disponía a leer: Un cadáver sobre la ciudad. Pensé, por unos momentos, sobre qué tipo de relato se extendía en aquellas páginas, qué estilo, qué ideas, qué literatura. Un cadáver. Sobre la ciudad.
La tarde anterior, había experimentado algo parecido a lo que Bretón denominó “azar selectivo”. Un encuentro, en definitiva, con situaciones que jamás formaron parte de mis más remotas previsiones. Orillé por las librerías revisando aquellos títulos y autores con que pretendía colmar mi biblioteca. Hojeé a Rimbaud, Benet, Piglia, T. W. Adorno, T. Mann, M. Schwob. Me arriesgué a leer, como de costumbre, los primeros párrafos de cada uno de los libros. Concluí sin comprar ninguno, excepto Doctor Faustus, de T. Mann.
Cuando finalicé aquella inspección literaria, subí por las escaleras que conducen hasta la segunda planta, filosofía. Tuve suerte, eso sí lo recuerdo, por orden alfabético T. W. Adorno se encontraba fácilmente. Imantado por el título, Sobre la música, rescaté el pequeño volumen. Era un libro idóneo para los viajes en tren al trabajo.
Al salir de la librería, caí en la cuenta de que tenía dos libros complementarios, uno de Mann y otro de Adorno; literatura que aspira a la condición inasible de la música, teoría sobre el ejercicio musical y sus relaciones con las demás artes, sonido y silencio.
Al día siguiente, no encontré mejor remedio para la purga de literatura que los Cuartetos de cuerda de Beethoven (modelo insuperable de escritura). Continué, sin embargo, con el libro que había dejado pendiente. Me encontraba más descansado y muy cómodo con Respiración artificial de Ricardo Piglia. Lo más importante en literatura nunca debe ser nombrado, leía yo que le decía Marconi a Tardewski, personajes ficticios. Lo más importante debe ser siempre pensado, propuse para mis adentros cuando cerré el libro al concentrarme en esa oración.
Esta mañana, descansaban los volúmenes sobre la balda maciza del estante. Los dejé aún en espera, como si lo más importante que tuvieran que decirme aún necesitara del silencio de mis retinas. A continuación, en unas páginas más adelante de Formas Breves leí lo que sigue, “cada vez que escucho los Cuartetos de cuerda de Beethoven, repitió Marconi[…] pienso: daría diez años de mi vida por llegar a escribir algo que sonara, al leerse, como los cuartetos de Beethoven. ¿Usted ha leído el Doctor Faustus? Me preguntó Marconi. No, le contesté, no me gusta Mann, prefiero a Kafka, pero he leído los ensayos sobre música de Adorno”.
Cerré el libro y los ojos. Mi estupor era de una especie irreconocible. Encendí el reproductor musical y dejé que la escritura, las citas reunidas y los murmullos de Beethoven me enseñaran a no decir más. Lo importante no debe decirse nunca en literatura. Brotó el silencio como la lección de las palabras. Entendí, sin decirlo, que todo intento de capturar en una idea lo que había ocurrido era un esfuerzo innecesario, un producto de la tonalidad y la respiración artificial a la que la vida me tiene acostumbrado.