martes, 15 de abril de 2008

ETERNAS BREVEDADES

EN UNA LECTURA espigada por la obra de Juan Ramón Jiménez, sobre todo por aquellos libros que se mencionan poco y que resultan, por circunstancias diversas, menos valiosos, he encontrado una serie de estancias de aparente brevedad, pero de signo eterno. Creo recordar que el año pasado Andrés Trapiello publicó un libro con una antología de aforismos de J.R.J (ediciones La Veleta). He ido a la fuente de donde se nutre la antología, La alameda verde (pensamientos y sentimientos, 1906-1912) y Estética y ética estética (Aforismos y notas, 1907-1954). ¡Qué grande, aún más, se me está haciendo Juan Ramón Jiménez, qué paseo más grato por esa alameda de horizonte indescifrable!
En una nota al primero de los libros, hace constar el poeta lo siguiente: "A esta alameda verde vengo por las tardes a meditar. Me encuentro en ella tan bien como si la alameda fuera realidad definitiva mía, pasada ya mi muerte, para la contemplación de la belleza eterna e infinita y en ella se me acentúan y se me prolongan esos momentos en que nos creemos inmortales". Una invitación inevitable para el lector de poesía que desee encaminarse de la mano del poeta por los entresijos de sus pensamientos, sueños y veleidades.
En ese desfiladero del pensamiento del poeta moguereño los descansos son breves, pero eternos, como arenas de eternidad. Están configurados estos libros por pequeños pensamientos ensartados en una suerte de aforismos de los que extraigo algunos con los que me he sentido más identificado:
"No siento nunca tristeza mayor que después de haber hablado mucho".

"La poesía no es sucesiva, como la ciencia. Un poeta no continúa a otro poeta, sino que recrea, revive, aísla y cierra en sí mismo 'toda' la poesía".

"Y el poeta, la conciencia entera, no puede ser abstracto ni circunstancial. Sólo misterioso y encantador. Claridad absoluta de la oscuridad relativa".