viernes, 4 de abril de 2008

TUVE UN SUEÑO...

LLEVO tres días con fiebre porque dicen que tengo un virus. Me lo dijo un médico orondo después de tocarme en la barriga, sacarme una jeringa de sangre y de hacerme orinar en un vaso de plástico cuando realmente creía que no orinaría en esos momentos. Por lo menos, con las palabras del médico y el orín embotellado, podía justificar la persistencia de la fiebre durante tanto tiempo. Porque llevaba tres días con fiebre, tres días en que parecía sonar una trompeta melancólica sorteando con sus pistones unos arpegios de otro mundo cada vez que me levantaba de la cama. Tres días en los que mis sentidos se atenuaron y, con ello, mi interpretación de la realidad cambió; todo se extendía en una veladura continua, como un desierto habitado por colinas transparentes repletas de verdes siluetas. Sin embargo, hoy que escribo estas líneas, la fiebre ha desaparecido, el virus parece que lo estoy eliminando, a pesar de que los únicos que han pervivido han sido los sueños que me han asaltado.
Días antes de que viniera la fiebre compré varios libros de un autor que ocupa ahora mis horas de lecturas, Antonio Tabucchi. Después de disfrutar la historia de Pereira y de indagar en la obra literaria de este autor italiano, terminé comprando La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, Tristano Muere y Sueños de sueños. Decidí empezar a leer el último de los indicados justo antes de que la fiebre comenzase a ejercer sobre mí su inextricable manía de azotar el subconsciente con sus técnicas de alelamiento y tontuna.
Todo fue empezar a leer el libro y, como por encanto, dejé de distinguir las fronteras entre lo real y lo soñado; y creo que a partir de entonces jamás sabré descifrarlas. No sé ciertamente si estuve en el campo siguiendo junto a Federico García Lorca a un perro que nos conducía a la muerte; si disfruté con Toulousse- Lautrec de los prostíbulos parisinos de la bohemia; si deambulé por Marsella agarrado del brazo de Rimbaud cuando le amputaron una pierna o si fui testigo en Viena de cómo Freud decidió pasearse por aquella ciudad bombardeada disfrazado como una de sus pacientes, Dora.
También soñé que estuve nadando por el río y que llegué a cruzar la otra banda. Una vez que estuve allí me asediaron unas náyades que quisieron extraerme de cuajo mis sentimientos para lanzarlos al mar; decían que era una práctica habitual y común de antaño. Cuando terminé con el libro, mi sorpresa fue aún mayor. Se añade a la edición que manejo una pequeña obra titulada Los tres últimos día de Fernando Pessoa. Un susto me recorrió todo el rostro y aún no he sido capaz de habitar con Pessoa ni con Caeiro ni con Soares ni con el maestro Reis los sueños que Tabucchi escribió de sus últimas noches imaginarias.
(Ilustración, "Los demonios", Fuseli)