viernes, 4 de abril de 2008

SUEÑOS DE SUEÑOS

TERMINAMOS embarrados de sílabas hasta las cejas con los autores que nos ofrecen una forma de hacer literatura que, sin saber explicarlo la mayoría de las veces, nos embauca desde la primera línea. No tiene por qué ser un solo escritor, pueden ser muchos y distintos. En esos días en que leemos con obsesión la nueva llanura que se presenta ante nosotros en forma de poética o narrativa, de verso o jugueteo ensayístico, se actúa bajo el hechizo de lo insólito. Luego, con el tiempo y la templanza de criterio, se suavizan las impresiones y se deja al escritor único e inimitable en el Parnaso de los buenos y los grandes, junto a otra ristra extensa de laureados que cada cual crea a su beneficio y gusto.
Algo similar me está ocurriendo con Antonio Tabucchi. Tabucchi me ha confirmado que los autores que me conmueven e interesan son aquellos que han escrito obras que yo firmaría sin titubeos. Y cuando digo firmaría no me refiero a estampar mi nombre en los lomos de un mamotreto, sino a la concepción y realización de la obra, al trasunto ficcional que ha tejido el autor en su mollera para que luego las palabras se dispongan con esa y no otra trabazón, la manera misma de aprehender el libro como tal de acunarlo en las ideas. Me imagino a Tabucchi concibiendo la creación de Sueños de sueños (Anagrama, 1996) y es eso, precisamente, lo que más aviva mi lectura; de la misma manera que cuando leemos a Borges, Kafka o Cervantes experimentamos el hálito de encontrarnos ante una creación que nos supera, que por momentos se ha situado, a través de los atajos de la ficción, en un tiempo que se nos antoja posterior y que se nos brinda inalcanzable junto a su mano.
Quizás ahora entiendo mejor que jamás daría a la estampa un libro de poesía o de narrativa que se sienta ahijado de la experiencia o de las otras sentimentalidades, entre otras cosas, porque me parecen productos mercantiles de las editoriales. Tampoco prestaría mi nombre (¡por descontado que nadie lo querría!) para la portada de una novela en la que lo importante fuese “contar una historia” y en que la escritura en sí, la lengua con que se escribió, fuese un mero instrumento de transmisión. En definitiva, no concibo la literatura como un mercadeo de vanidades que se venden a las mieles de las ediciones, a las subvenciones oficiales de las juntas y demás guirigay del cultureo, a los recitales inventados con la excusa del decaimiento de la poesía, de los que imitan a los guardianes de los posibles enchufes y editores para que la música les siga sonando tal y como tenían previsto los truhanaes del tema literario.
Sueños de sueños es una obra deslumbrante y de una originalidad sorprendente. Fíjense lo que dice Tabucchi en las palabras liminares a los sueños: “A menudo me ha saltado el deseo de conocer los sueños de los artistas a los que he admirado”. Tabucchi inventa los sueños de los artistas que le han fascinado, ya sean pintores o literaratos, quiere completar la parte opaca de sus creaciones con la intrusión en sus sueños, unos sueños puramente inventados. A partir de aquí suponemos que los artistas citados son a los que ha admirado el propio autor, a saber: Dédalo, Ovidio, Apuleyo, Cecco Angioleri, François Villon, Rabelais, Michelangelo, Caravaggio, Goya, Coleridge, García Lorca, Stevenson, Leopardi, Rimbaud, Chéjov, Debussy, Toulouse-Lautrec, Pessoa, Maiakovski y freíd.
Todos ellos son los protagonistas de los sueños que sueña y que inventa Tabucchi: “me doy cuenta de que estas narraciones vicarias, que un nostálgico de sueños ignotos ha intentado imaginar, son tan solo pobres suposiciones, pálidas ilusiones, inútiles prótesis”.
Estos sueños están hilvanados por una estructura narrativa que se aguanta por el uso de la anáfora al inicio de cada uno de las secuencias: “Una noche de hace miles de años, en un campo, "x" tuvo un sueño”. Con esta suerte de prolepsis, es decir, de anticipo, todo lo que viene después es el relato del sueño. El libro está escrito con la dulzura y el tacto de un artesano que ha libado en la miel de las palabras, de un prestidigitador que ha configurado una obra de corta extensión, pero de larga asimilación y resonancia. No exagero si digo que Borges hubiera aplaudido esta golosina para los lectores, porque sin duda, su querido Marcel Schowb sobrevuela por encima y por debajo de muchas de sus páginas. ¡Quizás esto último sea sueño que quiero creer como verdadero!