sábado, 19 de abril de 2008

OTRA REPÚBLICA

HAY DOS GOLPES tan fuertes en la vida que yo no sé, ni quiero saberlo, cómo debe ser la ponzoña que escupen. Uno de ellos es la muerte de un ser cercano y, con ella, la fijación de su vida en los recuerdos. Otra es la pérdida de una biblioteca. Y pongo las dos al mismo nivel, porque una biblioteca es la cifra vital del que la ha ido creando poco a poco, libro a libro. Cuando una biblioteca se quema, se empapa por una inundación o se pierde por diversas circunstancias, puede provocar incluso la muerte. No otra cosa le ocurrió al mejicano Octavio Paz, todo fue perder su biblioteca y morir de angustia poco después.
El pasado catorce de abril se celebró el setenta y siete aniversario del nacimiento de la II República española y, con ella, de una serie de mejoras que aún hoy se dejan notar a pesar de las inclemencias militares y dictatoriales. Esas mejoras eran de orden moral y ético, de consolidación del espíritu de la creencia en las posibilidades intelectuales, en un amplio sentido, de los españoles. A pesar de todas las desventuras, equívocos y desvíos que en el seno de los republicanos fueron germinando, estuvo, en el inicio de las reformas, una nueva apertura que aún hoy se deja elogiar en muchos casos. Sin embargo, hay dos episodios, de 1936 y de 1939, que reflejan uno de esos golpes traumáticos que la vida sostiene en sus garras.
En noviembre de 1936, con el Frente Popular al mando, Antonio Machado tuvo que dejar su domicilio de Madrid junto a su familia. En ese piso de la calle del general Arrando, cerca de Chamberí, dejó Machado su biblioteca, sus papeles personales, sus cuadernos privados y, probablemente, unas docenas de cartas de Pilar Valderrama, la Guiomar de sus versos.
Un año más tarde, en junio de 1937, la otra figura inconmensurable de aquellos años convulsos, Juan Ramón Jiménez, se hizo eco en América, de que Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís, jóvenes escritores falangistas, habían allanado su piso de Madrid, en el barrio de Salamanca, y con ellos habían desaparecido libros, manuscritos e incluso,
-como detalla Ian Gibson-, una máquina de escribir. Para todos los que conozcan el concepto de Obra en J.R.J, pueden calcular hasta dónde le caló el suceso al de Moguer. Pongo por caso que Andrés Trapiello, en Las Armas y las letras, deja claro que la primera edición de las Soledades, que Antonio Machado le había regalado a Juan Ramón, le sirvió al usurpador, Félix Ros, de regalo de boda para un amigo.
Los dos poetas sufrieron el mismo golpe sonoro, la pérdida de su obra, de su vida, en esa república del silencio llamada biblioteca.