martes, 1 de abril de 2008

LOS SILENCIOS DE PEREIRA

COMO UN MISTERIO había estado guardada para mis lecturas la obra de Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943), y como un misterio se mantiene aún a pesar de haberme leído varias obras en pocos días. Un misterio porque la narrativa del autor toscano ahonda precisamente en esas fronteras por donde desfilaron Cervantes, Borges, Cortázar, Rilke, Pessoa o Kafka, allí por donde los sueños y la noche operan como un velo que tamiza la ficción en una verdad caracterizada por su extrañeza, por la fantasía convertida en verdad y por la verdad transmutada en fantasía.
La obra más conocida de Tabucchi es Sostiene Pereira.Una declaración (1994), obra que ha sido llevada al cine por Roberto Faenza en 1996 y que es digna y merecedora de elogios por el trabajo del director, la banda sonora del prodigioso Ennio Morricone y, especialmente, por la actuación de Mastroianni encarnando al mismo Pereira.
No sé si es momento este para desvelar el argumento que vertebra la obra, daré una breve sinopsis: un periodista que vive en Lisboa y que dirige la sección cultural de un periódico, el Lisboa, comienza a ponerlo todo en tela de juicio tras el encuentro con un joven, Monteiro Rossi, que está comprometido con la causa republicana. La época en la que vive Pereira es la dictadura de Salazar, por un lado, y los hervores de la guerra civil española por otro, es decir, la península en 1938. Todo ello empapado de las resonancias del fascismo italiano.
En mi opinión, donde reside la genialidad de Tabucchi es en las reflexiones que mantiene Pereira durante toda la obra. Su obsesión es la muerte, y por ello necesita a un colaborador que escriba necrológicas anticipadas de escritores ilustres. La muerte es su obsesión y la literatura también. Sobre estos dos pilares pivota la trama y la evolución del pensamiento pereriano.
El espacio en que se desarrolla la acción es Lisboa, aunque dentro de esta ciudad destacan la redacción de la sección cultural del periódico de marras, el Café Orquídea y una clínica en las afueras a la que va para tratarse la hipertensión que padecía. Destaco estos tres lugares porque son determinantes: en la redacción se producen los encuentros con el joven Monteiro Rossi y las lecturas de sus necrológicas; en el café Orquídea Pereira se mantiene informado gracias a un camarero, Manuel, que lo pone al día de lo que acontece fuera y dentro de Portugal; en la clínica conoce al doctor Cardoso, personaje que lo iniciará en la autorreflexión y le pondrá en su mano las herramientas necesarias para comenzar un viaje vertical hacia sí mismo. A estos tres lugares podemos sumar la Iglesia, donde el padre Antonio, su confidente personal, hace de contrapeso argumentativo en contadas ocasiones. No olvidemos que Pereira es un católico confeso.
Las veinticinco secuencias que completan el libro son un prodigio narrativo, una degustación de literatura en estado puro, de literatura que no deja indiferente y que resuena y resuena tras su lectura. Eso es precisamente lo que hace Pereira a lo largo de toda la obra, leer. Su libro de cabecera es Honorine, de Balzac, una apología del arrepentimiento. Además de esta referencia expresa y profunda a Balzac, la obra está salpicada de decenas de referencias a filósofos como Vico, Hegel o Shopenhauer y a literatos como García Lorca, Maiakovski o Flaubert.
Por otra parte, y en lugar preferente, quiero destacar el homenaje a Pessoa que, en mi parecer, se diluye por toda la obra y en varios momentos en concreto. El primero de ellos cuando el doctor Cardoso informa a Pereira de la teoría de la confederación de las almas en los humanos y del yo hegemónico (en clara referencia a las confederación de poetas que fue Pessoa); y el segundo, cuando el propio Pereira decide marcharse de Lisboa con el pasaporte de un miliciano, François Baudin, con lo que pone el concepto de identidad y de yo en una suerte de encrucijada que provoca la reflexión del lector. ¿Dejaría de ser Pereira, modificaría eso sus costumbres: su limonada, sus tortillas a las finas hierbas?
He titulado esta pequeña referencia "los silencios de Pereira" porque siempre que el narrador se refiere a las reflexiones de Pereria sobre el tiempo, la muerte, la identidad, el compromiso o la infancia termina con una especie de leit motiv: “Pereira prefiere no decir cómo continuaba porque no tiene nada que ver con esta historia”. Son los sueños, los silencios, las ilusiones perdidas y escondidas de Pereira, lo no narrado, lo que el personaje no quiere que trasluzca al exterior, lo que sostiene a Pereira como uno de los personajes más conmovedores de la literatura occidental:
"La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad".