jueves, 24 de julio de 2008

AMOR Y PEDAGOGÍA, UNAMUNO.

Con el triunfo del amor sobre la pedagogía termino de leer esta nivola de Unamuno; con ella, además, corono las cuatro cumbres que determinan el devenir de una nueva generación de escritores en prosa junto a los poetas Machado y J.R.Jiménez a comienzos del siglo pasado, esto es, los noventaychistas.
Amor y pedagogía (1902) comparte materia y estilo con las otras obras reseñadas por esta bitácora, pero se centra en un aspecto concreto que se debate entre la capacidad de la ciencia (pedagogía) y las imposiciones del espíritu (amor). A este respecto responde la construcción de los personajes como arquetipos que representan a una o a otra de las ideas cruciales. La trama es sencilla: don Avito Carrascal quiere tener un matrimonio “deductivo” frente al “inductivo”. Este último parte de la atracción puramente física; el primero de la respuesta que provoca el vacío interior de quien necesita el matrimonio. En principio, piensa en Leoncia (deductivo), pero considera que será mejor casarse con Marina (inductivo) y que a la postre será él quien, una vez que nazca el varón, lo moldeará a su forma. De ahí que continuamente se nomine a Marina, la esposa, como Materia, así, en mayúsculas, y a don Avito como Forma. Una suerte de personajes calderonianos como en El Gran Teatro del Mundo, al fin al cabo. El resultado es que a pesar de todos los esfuerzos del padre, Apolodoro, el hijo, se encontrará con un final trágico, debido a esta lucha de tendencias (ciencia-amor) que no desvelaré por si algún lector extraviado quisiera ir a la obra.
Aparece un personaje crucial, don Fulgencio, que se convierte en el íntimo consejero de don Avito: le propne el nombre del niño o la conducta que debe mantener frente a él. Don Fulgencio Entrambosmares (alter ego del erudito Entrambasaguas) es un filósofo que trabaja en una obra titulada Ars magna combinatoria y en un futuro libro de aforismos intitulado Libro de aforismos o píldoras de sabiduría. Es un chiflado que defiende a rajatabla el método científico puro para el pleno desarrollo del ser humano a través de todas las combinatorias posibles que ofrece la física y detodos los condicionantes que estudia la sociologóa positivista. En su boca se desprenden un buen ramillete de actitudes de la época con las que Unamuno, hábilmente, ironiza y parodia la mentalidad positivista y determinista de un siglo que terminaba.
Se incluye un prólogo en que Unamuno rinde cuenta de no pocos aspectos que atañen a la obra: estilo, lengua literaria, temas, impresiones, personajes e incluso un pequeño recorrido por la evolución de su narrativa hasta el momento. Al prólogo se suma un epílogo en que se mezcla, a la manera cervantina, las anotaciones del propio Unamuno con la novela póstuma de Apolodoro. Por último, podemos leer los supuestos apuntes para un Tratado de cocotología escritos por don Fulgencio. Ninguno de ellos tiene desperdicio.
Los espacios en que se presentan la novela van desde la casa de don Avito, “un microcosmos racional”, pasando por la casa de don Fulgencio, que convive con dos esqueletos disfrazados, “uno de hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él esta inscripción, Homo insipiens, otro de un gorila, Simia sapiens". También nos encontramos con otras casas como la de la amada Clarita etc. Todos espacios cerrados, muy delimitados y ajustados a las características psicológicas de los personajes. Como muestra extraigo una pequeña descripción de la casa de don Avito: “Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetros, aerómetros, dinamómetros, mapas, diagramas, telescospio, microscopio, espectroscopio, que a dondequiera que vuelva los ojos se empape de ciencia”.
Este intento de tamizarlo todo a través del cedazo de la ciencia nos lleva a escenas de veras hilarantes y que me han parecido de lo mejor de la nivola. Un ejemplo es cuando en el capítulo V analizan la primera palabra de Apolodoro: “go,go”; otro puede ser los masajes que don Avito ejercía “por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente a la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje…”; y, por sobre todo, los encuentros y los diálogos que mantenían el padre de la criatura y don Fulgencio en casa de éste: una parodia al krausismo de la época llevado a sus extremos. El contrapeso lo realiza Menaguti, poeta excelso, defensor de la libertad absoluta de la voluntad y del Arte como el espacio único en que se puede consumar esa voluntad del espíritu. Es el que incita a Apolodoro, el supuesto genio, a escribir y a entregarse a las letras.
Por otra parte, la madre de Apolodoro, Marina, lo llama desde el principio Luis y le enseña cada noche, a escondidas de su marido, la vida de los santos, lo rezos más populares y la volunta de Cristo que viene en los evangelios. Marina se quedará de nuevo embarazada, pero en esta ocasión de una niña, Rosa, que poco interviene en la obra y que muere al final de la misma.
Son muchos los elementos que se pueden escribir acerca de Amor y pedagogía, muchos de ellos de no poca enjundia. Apolodoro en su evolución a genio, termina enamorado de una mujer que lo engaña y que lo deja por otro. Clarita termina en los brazos de Federico; este bofetón de realidad que sufre Apolodoro no posee ningún mecanismo científico que lo razone y lo lleva a la desesperación. En esa mixtura de racionalidad frente a involución de la racionalidad al espíritu se mueve el hijo de don Avito, que termina siendo escritor con una novela fracasada entre las manos y que forma parte del epílogo de la obra de su mentor salmantino. Bien vale Apolodoro como semilla del futuro Augusto de Niebla (1914).
Esta reducción al absurdo de la sociología positivista que se desgrana entre elementos trágicos y cómicos, predica y transparenta la lucha que el propio Unamuno sintió en sus carnes. Es por ello que cuando leo las tribulaciones de Apolodoro, don Avito o don Fulgencio no puedo dejar de pensar en la agonía que sufrió el vetusto profesor salmantino en aquellos años finales de la década de los treinta ante semejantes bobalicones de la guerra armada.
Me gustaría terminar estas líneas recogiendo dos ideas que germinan en la obra y que las considero capitales para comprenderla mejor si cabe. La primera que rescato es una oración maravillosa: “Pensar la vida es vivir el pensamiento”; la segunda, “-¿Y el fin de la ciencia? – ¡Catalogar el Universo! - ¿Para qué?- Para devolvérselo a Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente…”.