miércoles, 2 de julio de 2008

UNA NOCHE PREÑADA DE AURORA. CAMINO DE PERFECCIÓN.

Una noche preñada de aurora”, dice Fernando Ossorio en mitad de la secuencia cuarenta y tres. Rápidamente anoté en las páginas traseras del libro esta sentencia, me parecía idónea para titular una entrada referida al libro de Baroja que estaba leyendo. Idónea porque todo lo que se esconde en la cabeza de Ossorio permanece como una noche que restalla de pronto en un diálogo con otros personajes dejando a la luz sus evidentes inquietudes, su aurora escondida.
Terminé el camino, Camino de perfección (Pasión mística), de Pío Baroja. Mucho se ha hablado ya, y en esta bitácora también, del inicio de una nueva forma de hacer novelas a partir de 1902, año de la publicación de La Voluntad, de Azorín, Amor y pedagogía, de Unamuno, Sonata de otoño, de Valle-Inclán y la obra de marras, Camino de perfección (Pasión mística), de Baroja.
Demasiadas son las conexiones entre la obra de Azorín y la de Baroja, sobre todo en el desarrollo de la trama y de la evolución anímica de los protagonistas. Esta íntima relación la estableció magníficamente José Carlos Mainer en La Edad de Plata y a ella remito para quienes degusten percibir con nitidez y curiosidad esas arterias que conectan una y otra obra. Sin ánimo de ser exhaustivo, sino de compartir lo más destacado de mi lectura, debo decir primeramente que la obra de Baroja me ha gustado y además me ha llevado a levantar más de una carcajada en no pocos pasajes.
Este libro es el tercero de una trilogía titulada La vida fantástica, los otros dos son Aventuras, inventos y mistificaciones de Silvestre Paradox y Paradox, rey, a pesar de que las historias son absolutamente independientes.
El libro está dividido en sesenta secuencias. Desde el inicio, Fernando Osorio se muestra como un hombre puramente del 98, esto es, un desenfadado de la vida, alter ego de don Pío, un inconformista que se debate a diario entre los preceptos que impone la sociedad burguesa y los que bullen por sus adentros. Por ello el título prefigura muy bien lo que ocurrirá en las páginas siguientes, ya que para escapar de esa sumisión a la que está sometido su espíritu decide viajar, refugiarse en el fluir de los días. Sin embargo, nunca dejan de asomarse por la vida de Ossorio las pasiones carnales, bien en las carnes de su tía Laura, bien en las de sus propias primas. No en vano termina casado con una prima lejana, Dolores.
En este camino me resulta fundamental el encuentro que tiene con Schultze, un alemán con el que dialoga sobre los puntos clave de su vida; estos diálogos están impregnados de toda la filosofía de Nietzsche y en estos diálogos se enjuaga gran parte del porvenir de Ossorio. Son ellos un reflejo de las preocupaciones que palpitan en el interior del personaje y de una demostración a las claras del combinado terapéutico que poseen los diálogos en esta obra en concreto. Si debiera decir lo más altivo y sensato de esta obra subrayaría los diálogos: magníficos, cervantinos, profundos, inevitables para esta obra.
La referencia a la Religión como la “gran mentira” y a los curas como gañanes y tremebundos son constantes, y en ocasiones de cierta jocosidad. Recuerdo el episodio con un escolapio joven que intenta catequizarle; los diálogos no tienen desperdicio alguno. De las monjas dirá literalmente el personaje: “Sí, son casi todas zafias y sin educación alguna…”.
Es un doble viaje el que realiza el protagnista, un viaje físico que lo lleva de Yecla a Toledo, para terminar en Barcelona; y un viaje espiritual, interior. Aunque también es verdad que el subtítulo de la obra, “Pasión mística”, obedece a intenciones paródicas y más o menos laicas. La pasión mística no es tal pasión más que el enfrentamiento entre los placeres mundanos y sus aspiraciones de pequeño filósofo alicaído.
La obra se va leyendo como si fuésemos en una carreta; unos tramos están perfectamente trazados en el camino, otros se dejan llevar por el descuido y la imprecisión. Hay un uso muy particular de la puntuación, sobre todo del punto y coma, y un manejo de los párrafos que no deja de ser sorprendente. Incluido el uso dativo del pronombre "se" en una oración de este calibre: "Ossorio se desayunaba". Todo lo contrario a Azorín cuya escritura se diluye en la perfección arquitectónica de la lengua. No por ello la obra, y me extiendo al cómputo de su novelística, deja de estar bien escrita, o por lo menos bajo el hechizo de un estilo personal, que no es poco. Se ha escapado algún que otro laísmo (que para una edición de 2004 me resulta significativo) y se ha colado alguna que otra errata en esta edición de Alianza que he manejado.
Nada de importancia frente a la magnitud de una obra que me ha hecho disfrutar y entender aún más el germen de una generación, del 98, (llamémosla así, pardiez) y de una forma nueva de hacer literatura alejada de naturalismos innecesarios y de realismos moralistas.