miércoles, 16 de julio de 2008

LOS CEMENTERIOS CIVILES

Hacía tiempo que no visitaba a mi amigo Ignacio, el librero de viejo de Los Terceros en Sevilla. Siempre que acudo a sus baldas me encuentro con algún retruécano en forma de rareza o singularidad o desconocimiento. El caso es que andaba en busca de un libro de José Jiménez Lozano, Los cementerios civiles y la heterodoxia española, desde hace bastante tiempo. Estaba publicado en Taurus y en más de una ocasión lo utilicé cuando en la Facultad de Filología los profesores se alejaban de los escritores y las circunstancias que van más allá de 1936 por no sé qué miedo inconfesable o ignorancia acuciante. Siempre me pareció que el libro estaba muy bien escrito y que era un ensayo forjado desde el conocimiento.
Ignacio tenía el libro, pero en una edición novísima de Seix-Barral, que acaba de publicarlo en su colección de ensayos “Los tres mundos”. Durante ese proceso que consiste en espigar por aquí y acullá por las páginas de la nueva presa, me detuve en una anécdota de Larra. Resulta que se cita un artículo de Larra del Día de Ánimas de 1836 en que Mariano José escribe lo siguiente: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A continuación explica Jiménez Lozano por qué no fue a parar el propio Larra a esa ingente cantidad de cementerios civiles que acogían los cuerpos de los que vivieron al margen de la cuestión religiosa. El cuerpo del suicida, Larra, fue despreciado por sus familiares. El párroco de Santiago, indeciso con el bendito que tenía delante de él, no tuvo más remedio que pedir consejo al vicario general; el vicario le preguntó: “¿Los locos se entierran en sagrado? ¿Sí? Pues los que se suicidan están locos y debe éste ser enterrado también en sagrado”. Esta interpretación sui generis del vicario hizo que por vez primera entrara en territorio santo el cuerpo de un suicida.
He querido subrayar este relato porque el libro se desarrolla precisamente a través de historias, pequeñas historias, que hilvanan toda la mentalidad de una época de confusiones e interpretaciones que por una u otra razón siguen marcando el curso de nuestros días.
Cuando terminé de leerle al librero la anécdota y quizás movido por la calorina que soportábamos allí de pie entre montañas de libros, me lo regaló junto a una sonrisa..."llévatelo","llévatelo". Me lo llevé y aquí lo traigo.