
Ignacio tenía el libro, pero en una edición novísima de Seix-Barral, que acaba de publicarlo en su colección de ensayos “Los tres mundos”. Durante ese proceso que consiste en espigar por aquí y acullá por las páginas de la nueva presa, me detuve en una anécdota de Larra. Resulta que se cita un artículo de Larra del Día de Ánimas de 1836 en que Mariano José escribe lo siguiente: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A continuación explica Jiménez Lozano por qué no fue a parar el propio Larra a esa ingente cantidad de cementerios civiles que acogían los cuerpos de los que vivieron al margen de la cuestión religiosa. El cuerpo del suicida, Larra, fue despreciado por sus familiares. El párroco de Santiago, indeciso con el bendito que tenía delante de él, no tuvo más remedio que pedir consejo al vicario general; el vicario le preguntó: “¿Los locos se entierran en sagrado? ¿Sí? Pues los que se suicidan están locos y debe éste ser enterrado también en sagrado”. Esta interpretación sui generis del vicario hizo que por vez primera entrara en territorio santo el cuerpo de un suicida.
He querido subrayar este relato porque el libro se desarrolla precisamente a través de historias, pequeñas historias, que hilvanan toda la mentalidad de una época de confusiones e interpretaciones que por una u otra razón siguen marcando el curso de nuestros días.
Cuando terminé de leerle al librero la anécdota y quizás movido por la calorina que soportábamos allí de pie entre montañas de libros, me lo regaló junto a una sonrisa..."llévatelo","llévatelo". Me lo llevé y aquí lo traigo.
Muchas gracias, Rafael, ella se lo mereció y ahora lo ha conseguido.
ResponderEliminarSaludos miles.