martes, 1 de julio de 2008

VERANIEGAS

Hay estampas que son perpetuas en la memoria, que están abigarradas en un lugar de privilegio y que sostienen buena parte de nuestro recordatorio. Si no fuera por ellas, los recuerdos vendrían a ser olas fugitivas que restallan sobre la rocosidad del presente.
Ciertos olores enroscados en el olfato visionario de la ficción, la mano comprimida y enjuta de una abuela, los colores del prodigio sanluqueño de la Desembocadura. Sensaciones que de continuo percuten cada verano sobre mis entendederas para despertarme de un letargo demasiado arrimado a la mecánica alquitranada de los días.
De entre ellos, y cuando deje de escribir estas líneas, voy a fijar mi atención en uno de ellos y que coincide con la arena solitaria de la playa a una hora muy temprana; cuando levanta la muerte el vuelo, cuando madruga la madrugada. Sobre esa arena templada y fría de la mañana, corríamos los niños con la fuerza proteica de la infancia dejando huellas que se borraban al momento, por el paso de los otros. La llanura era interminable y nos pensábamos ligeros como el viento.
Esta mañana fui a la playa, temprano, cuando el Coto de Doñana despierta aún de su melancólica verdura de amanecida y comencé a correr como nunca. De repente me sentí acompañado por otros niños, por otros olores, por la mano enjuta de una abuela. Mis pasos perdidos seguían sobre la arena. Pude ver cómo el viento los borraba sin compasión. Ahora esos recuerdos necesitaba dejarlos por escrito como antes en la arena anónima de una playa. La escritura me ha dado, y ahora lo reconozco, el espacio reconocible de mi persona.

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J.M. Caballero Bonald dejó escrito en Tiempo de guerras perdidas (La novela de la memoria,I) “Las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano”. En mi caso el tino es perfecto, los niños que han crecido con la playa a su vera la han engullido con sus días. Al final, somos pequeños seres marítimos con branquias de hormigón y placton urbano.
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Ahora las algas quieren despertar los instintos subalternos de estas semblanzas. Donarle a la memoria una encendida mecha verde para detonar los estados infantiles que rozaban con la épica. Poco a poco voy entendiéndolo. Los olvidos nos delimitan ante el mundo y ante nosotros mismos; los recuerdos nos arrojan a la miseria incapaz de suscitar nada más que acercamientos. Ah, quizás en el acercamiento resida el espacio para la escritura.