viernes, 25 de julio de 2008

DIARIO, PALABRA Y ADIÓS.

En unas notas personales de 1913, escribe Pessoa: “Mi peor dolor es que no consigo olvidar nunca mi presencia metafísica en la vida. De ahí la timidez trascendental que atemoriza todos mis gestos, que quita a todas mis frases el espíritu de la sencillez, de la emoción directa”. Me ocurre a menudo, suelo quedarme callado en las conversaciones cuando no consigo olvidar mi presencia metafísica y me contemplo sentado en una silla, como un espantapájaros revestido de formas antiguas. Todo me parece arcaico y desvaído, como una estampa en sepia que pertenece a no sé que otro mundo, qué otro estado del ser. De ahí proviene el pudor a escribir, a caer en esa evidencia que te entrega la sencillez de los gestos y la emoción directa.
Entonces dejo el alma en la tesitura de una vihuela rasgando lascas al silencio; en esos retales dispersos e inconexos de la nada me veo reflejado.

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Una palabra no es sencilla por sí misma, lo es en relación al concepto que pretende llegar. Por eso aborrezco a los que presuponen que dicen la cosa exacta y piensan que crean de la nada, que poseen la mejor manera de decir las cosas, sobre todo, a través de la poesía. No saben que ellos no crean nada, en todo caso, se aproximan al ser que intentan nombrar. La verdad puede decirse de muchas maneras, pero ninguna de ellas es superior a otra.

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No hay palabra y después pensamiento, ni pensamiento y luego palabra; hay las dos cosas trotando en el devenir del discurso.


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Ayer, después de decirle a un amigo que no hay literatura sin conocimiento y de conminarle a que buscara un autor que no respondiera a esta especie de entelequia, me quedé meditabundo hasta bien entrada la noche. Al rato, me fui a la cama desesperado ante la evidencia. ¿Qué escribieron Cervantes, Quevedo, San Juan, Goethe,Rilke, Kafka, Proust, Tolstoi, Dovstoievsky o cualesquiera de los grandes, si no una cosmovisión del mundo en forma literaria?