miércoles, 23 de julio de 2008

CONCIERTO BARROCO, A. CARPENTIER.

Alguien nombró, mientras miraba en las baldas de la librería, las virtudes de Concierto Barroco (1974, Méjico), de Alejo Carpentier. En una suerte de anacrusa, se me cruzaron en la cabeza dos imágenes que pertenecían a tiempos distintos. La primera consiste en la edición príncipe del libro que tuve en mis manos en La Habana y que por una estulticia de esas que aparecen cuando menos la necesitamos me quedé sin ella. Un compañero, Manolo, compró dos ediciones del mismo libro, mientras yo me quedaba receloso y amainado como un animal sin ubres. Todavía espero que el compañero de viaje me lo ofrezca como quien ofrece del pasado los días hábiles que jamás constarán en el distrito de nuestra memoria. Alguien nombró, repito, el título de la obra de mi admirado Alejo Carpentier para que el segundo de los recuerdos apareciera de inmediato. Consiste en la lectura de Los pasos perdidos; me recuerdo caminando en medio de la selva al trote de los pasos sintácticos del cubano, cobijado en la perfección lingüística de sus páginas y sostenido por la implacable concepción musical que la obra contiene muy cercana a Beethoven.
Concierto Barroco es una obra que resume a la perfección el mundo carpentieriano: literatura, música, indigenismo, europeísmo, ilustración, barbarie, realismo mágico o lo real maravilloso, juegos con el tiempo de la narración, estética barroquizante. La obra es un concierto en que se diluyen timbres, variaciones, trémulos, repeticiones, codas finales, solos de instrumentos, dúos, a la manera literaria. En palabras del propio Carpentier: “una especie de Summa Theologica de mi arte por contener todos los mecanismos del barroquismo simultáneamente”.
Esta nouvelle cuenta la historia de un supuesto encuentro en 1709, en Venecia, entre Antonio Vivaldi, Scarlatti y Haendel y un supuesto navegador -anónimo en la obra- que le inspira su ópera Montezuma. El encuentro entre culturas distintas puede interpretrarse en códigos de civilizaciones encontradas, la hispanoamericana y la europea, el navegador y sus criados negros, por una parte, y los tres compositores por otra. Sin embargo, consigue Carpentier, a pesar de la dificultad de la trama, relacionar de forma brillante este encuentro de cosmovisiones; por el final, y ante los disparates que contiene la obra de Vivaldi, Filomeno sentencia lo siguiente:“En América, todo es fábula: cuentos del Eldorados y Potosíes, ciudades fantasmas, esponjas que hablan, carneros de vellocino de oro, Amazonas con una teta de menos y Orejones que se nutren de jesuitas…Si tanto le gustan las fábulas, ponga música al Orlando Furioso que, en cueros, en pelota, cruza toda Francia y España, con los cojones al aire, antes de pasar a nado el Mar Mediterráneo e irse a la Luna como quien no hace nada…” . El criado negro, Filomeno, aconseja a Vivaldi cómo debe crear los ambientes de la nueva ópera. Uno de los capítulos centrales es el quinto,-recordemos que se desarrolla a través de ocho-, justo cuando se encuentran los compositores y los allegados a Venecia.
La obra se divide en dos mitades, ambas introducidas por citas bíblicas de Corintios, I, 52 y de Salmos. El primer capítulo es una demostración del prodigio lingüístico que derrochaba la pluma del cubano: “De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros,…”. Ya en el quinto capítulo asistimos a la descripción del mundo de puteríos y locales nocturnos a los que asiduamente iba Vivaldi y otros artistas del momento. Precisamente, en unos de esos bares es donde presuntamente se fragua la nueva ópera de Vivaldi. El elemento mágico llega cuando en un ensayo, Filomeno saca una trompeta y unos instrumentos de percusión y comienza a mezclar los acordes barrocos con ritmos afrocubanos.
Por momentos la obra es brillante y muy divertida, como cuando Vivaldi y Scarlatti comienzan a hablar de un tal Stravinsky: “Es que esos maestros que llaman avanzados se preocupan tremendamente por saber qué hicieron los músicos del pasado. En eso nosotros somos más modernos. Yo hago lo mío, según mi real saber y entender.” También aparecen referencias a Shakespeare, El Bosco, Lucrecio y Cervantes que se deslizan como ecos que ayudan a la obra.
Las páginas finales son fabulosas por dos motivos. El primero se debe a la calidad literaria del autor y su escritura; la segunda, a la aparición en la época barroca, a través de los sueños de Filomeno, de Louis Armstrong interpretando Go dowmn Moses y Jonah and the Wale. Todo un trastoque al tiempo, a la guerra del tiempo que mantiene la música como encuentro de lo sucesivo: “Llaman fabuloso cuanto es remoto, iracional, situado en el ayer. No entienden que lo fabuloso está en el futuro. Todo futuro es fabuloso.”
*Ilustración, primera edición de Concierto Barroco, Siglo XXI, Méjico, 1974.