miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cante de ida y vuelta.

En una conversación, en Cádiz, me dicen que los palos del flamenco no pueden definirse sin los cantaores. Está la soleá de un fulano y las alegrías de un cetano. Esa afirmación, que tiene hechura de perogrullada, desplaza mi atención hacia los contertulios. Vienen a decirme, pronuncio para mis adentros, que una bulería existe como tal gracias a las voces que han ido configurándola.
Esta tarde, antes de coger el tren para Sevilla, como un trance prístino, he escuchado una bulería en Jerez. Espontánea, salida de una faringe anónima. Esa voz arrancó de cuajo el concepto que anidaba en mi cabeza de ese palo. Asistí a una ejecución que se ha instalado ya como otro concepto inamovible; como el que tengo de los viajes, de la poesía, de la música.
Con estas letras me acuerdo de Borges. No de su fervor por las milongas, sino de su avispado ingenio. El argentino promulgaba que la idea, el recuerdo que mantenemos de la realidad o de algún aspecto de la misma es, siempre, el último. Por tanto, según Borges, el primer recuerdo es como la primera palabra: trigo segado, realidad a la deriva de la inexistencia.
Unas líneas sobre un papel son una lucha contra ese recuerdo fugitivo. Una terapia lingüísica, una afonía del alma que procura mantener en claro, íntmamente, la fisonomía de una realidad. Cuando ésta no es posible, es inventada. Ocurre la ficción.
Y la ficción es un artificio necesario, porque ahondar en el pasado es un trabajo hercúleo, quizás el único trabajo. Nunca el hombre tendrá palabras para decirlo todo ni para adjetivar a la nada.
Mucho menos para decirse a sí mismo.

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Julio Cortázar escribía cogiendo de improviso a la realidad. Pienso que Cortázar estudiaba, meditaba y contolaba la realidad que pretendía escribir. Luego la invadía. ¡Su táctica ha sido única, vaya ejecución! La invadía en la montura de la ficción y la desmontaba, la saqueaba y la reducía a un absurdo concierto de armónicas palabras. La armonía en Cortázar es la teoría de la escritura. Nunca el verbo hizo presencia en la ficción tan desaforadamente.

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Comento con un compañero las demoledoras tendencias de Cioran. Cuando llego a casa, leo las páginas de su Libro de las Quimeras intentando rasgar alguna lasca de ironía, alguna templada condescendencia o, siquiera, algún atisbo de gratitud hacia la vida. Antes al contrario, leo siguiente: “El hombre es una nada que se vuelve ser. Entonces habría que preguntarle si el mundo fue creado o si todavía no lo ha sido”. Imagino que Cioran considera que el mundo aún no ha sido creado, que pretende enviarnos una condensada visión de la trasparencia de lo fugitivo. Yo le digo a Cioran que el mundo nunca se hizo, nunca se terminó de hacer y que todvía podemos decir y escribir todavía. Es el axioma de la literatura.