sábado, 19 de septiembre de 2009

Que nada es.

Cuanto fuera posible
en un instante cabe,
como cabe la vida
en el verbo decir.


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Como bien dice Fernando Valls en su el prólogo a Todos los cuentos (Tusquets, 2009), de Cristina Fernández Cubas, la autora continúa el cuento de Poe “sin subvertir ni el estilo ni las propuestas estéticas del escritor norteamericano, transformándola y enriqueciéndola, hasta sacarle el máximo partido posible”. El cuento se titula “El faro” y fue dejado por Poe sin concluir. Su estructura obedece a las pautas del diario y, con esa misma estructura, lo continúa Fernández Cubas. El resultado es un ejercicio magistral de aquello que me gusta nombrar como Escribir la lectura y que tan pocos resultados a dado en nuestras letras recientes. Escribo esta nota sorprendido por la calidad del relato y por la inconfundible potencia de este tipo de escritura que deja las costuras de la ficción al aire libre, a la luz clara de la concienca del lector.
Fernández Cubas demuestra que al trasluz de una obra literaria de fuste, como la de Poe, el escritor puede encontrar oxígeno a través de una mimetización que, en definitiva, jamás lleva a consumirse. Quiero decir que el relato de Fernández Cubas, por mucho que haya sido escrito a la manera de Poe, es de Fernández Cubas. Y el aspecto loable está, precisamente, en esa virtud: haber hecho de la escritura una metamorfosis impecable de un autor ya muerto, que solo dejó su obra literaria.
Me interesa especialmente la profunda discordia interna que sufre el farero. En su soledad aparecen la razón y los sueños, la reducción del mundo al de un solo hombre. Y me ha recordado, como no, al poema de Cernuda, “Soliloquio del farero”: “Como llenarte, soledad,/sino contigo misma”. Por unos momentos he conjurado el farero de la escritora con el Cernuda y los he hecho vivir juntos, como si su soledad fuera la de un hombre solo, en definitiva, la de todos los hombres.


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Quisiera probar de ese vino que Jayyam pregona en sus versos, extasiarme súbito con las prendas dejadas al azar de las uvas melancólicas, alborotar la serena paciencia de la naturaleza, como un olvido desbocado, asistir al nacimiento del mundo. Todo lo que se puede decir en el mundo fue dicho en un día, todo, todo, fue dicho, en el mundo. Solitario, distraídamente humano, quisiera que mi rostro se tornara tulipán y dejara de serme, que mi voz se entregara a la tierra como los frutos prohibidos, que mi sangre brotara de la piedra y del viento hasta esparcirse como el canto de un sueño en la noche.
Quisiera trazar en el dolor un infinito laberinto de versos inaudibles, de senderos que se precipitan al abismo de la razón. Quisiera despojarme en un momento de todo y entregarme a la nada o decirme en la nada para evocar el todo. Reflejo, insinuación, polvo esparcido como ceniza húmeda, el hombre es un magma perenne que no encuentra estación para sus días. Un continuo verbo pronuncia nuestra sombras, sombras, en ellas asistimos al difunto espanto de la vida.