miércoles, 9 de septiembre de 2009

Hoy alguien puede dejar de ser humano.

Puedo decir que hoy anhelo el espíritu y lamento la vida. Cioran escribe unas deliciosas palabras sobre la imposibilidad que se le presenta al hombre para encontrar un punto de estabilidad, de un centro que lo determine, de una relación que lo mantenga en el equilibro de la semejanza. Nada en el hombre fue hecho a su medida, a pesar de Protágoras, porque el hombre no encuentra medida en ninguna cosa. Desea vivir, pero sabe de la muerte; en la muerte se ahoga, más la vida lo vapulea.
En esta situación de existencia en la nada, como sustantiva esencia del hombre, el escritor sobrevive a la doble vertiente: su espíritu, su vida; la palabra, la realidad que la expele. Ese doble latir de la existencia en el escritor lo convierte en un incesante diezmador de la realidad: nada que se ponga por delante pasa desapercibido. Por todo esto, cuando uno lee cómo Cioran describe ese territorio: “En el mundo, el hombre es una paradoja”, la ambigúedad de la existencia es una ironía que late cada segundo. Como tal paradoja, debemos consentirnos, asimilarnos e, incluso, rechazarnos. Como hombres jamás tendremos otro pensamiento que el que no quepa en un hombre. Y me acuerdo, entonces, de Machado, quien venía a decirnos que por mucho que valga un hombre jamás valdrá más que hombre.

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¿Cualquier condición debe ser asumida? No. Hay gente que no puede ser más que miserable y actuar de manera que sus acciones provoquen la irascible mirada del otro. Luego, los que, además, arrojan sus miserias sobre los demás porque se sienten incómodos, sobrepasados, violentamente perturbados por las actuaciones ajenas. Por lo tanto, el ser humano no puede entenderse a priori, hay que descansar los atributos de la meditación y juzgar sobre aquellos que hacen de tu vida un canto ahogado.

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¿La poesía? Es una compleja urdimbre que pone silencio sobre lo que nombra.