sábado, 5 de septiembre de 2009

Una música calma,
la materia que todo lo respira.
Ingravidez armónica del hombre,
se impone una irrealidad
que transmuta la piel y la deshace
del reflejo constante de su cuerpo.

De ahí arrancan todas las revelaciones:
las palabras que crecen minerales
y libres, estos párpados que lamen
los espacios
en que habitan los planos de la nada.
Porque morir es darse al infinito
trasiego en la memoria.

En ese trance, en esa vibración,
se traducen los sueños.
Una quimera diluida
en el espeso tramo donde todo
abandona la límpida existencia,
hasta dejarse pronta en la partícula
de los pasos perdidos que conducen
irrefrenablemente
al estado en que se proclama en grito
originariamente nuevo.

¿De qué cosa eres rostro?
Para que la oscuridad de las cosas
nos sea concedida,
¿qué decir debe convocarnos
y desasirnos
de lo que somos?

No importa que seáis innombrables.
No puedo concebir que un día
la música que suena transparente,
la talla indefinida de los hombres,
me sea extraña para siempre.

***
Cioran es testigo del oído de la vida. Esa tendencia del hombre a ahuecarse en la música para deshacerse de sí mismo. La música es la faringe que nos dice para siempre. Estas impresiones me ha causado el comienzo de El libro de las quimeras, el desarrollo de un éxtasis provocado por la música. Cioran proclama, al incio de las páginas, la poderosa virtud del sonido para trasladarnos a los limítrofes recursos de nuestra materia. Endebles, torpemente limitados.
Añade que la voluntad suprema y persistente es la que nos vacía de nosotros mismos, porque decir yo es poner una línea en el agua. Para entonces, he agarrado un par de cedés y he puesto una música de Bach. Esta irrealidad que me invade es indolora, a pesar de que me esté despellejando vivo. Dice Cioran: “Quien no haya tenido la sensación de la desaparición de este mundo, como realidad limitativa, objetiva y separada, quien no haya tenido la sensación de absorber el mundo durante sus éxtasis musicales, nunca entenderá el significado de esa vivencia en la que todo se reduce a una universalidad sonora, continua, ascensional que evoluciona hacia lo alto en un placentero caos”.
El caos es el preludio del placer. Es un lenguaje en potencia, presto a ser ordenado por la voluntad de quien lo percibe. Luego, la vida no es más que la sintaxis de esa voluntad: nunca ordenar un caos costó tanto. En ese éxtasis, se funden la voluntad y la humanidad. Tomar conciencia de la mortalidad es la mayor virtud de un hombre. Entonces el caos habitará en sus adentros.