domingo, 13 de septiembre de 2009

Viento sur.

A veces la tarde ofrece unos cambios que terminan por invadirlo todo. Este olor a tierra mojada que proviene de la repentina transformación del carácter de una calurosa jornada; el viento fresco indagando entre mis sienes la superficie del aire; el color grisáceo de las oculares extensiones de las nubes. Con estos cambios tan drásticos me da por pensar en cosas que no someto, en ningún momento, al juicio del parnaso. Debilidades de lo cotidiano, baja tensión del espíritu.
Voy a la biblioteca y agarro un volumen que abandoné hace años. Ahora, como si yo fuera ese viento fresco, ese olor húmedo del pubis de la tierra, me impregno entre sus páginas y las leo, grisáceamente. La lectura es una forma de la extrañeza, de la extraña forma de vida del hombre.

***
A lo que no puedo resistirme es a leer a Cioran. Decido que abriré la última página para observar, como si fuera un cabo suelto, alguna conclusión o alguna sentencia sobre la que poder apoyar estas letras. Camino bajo las sombras de los pensadores, con la ilusa manía de reescribirlos con la tinta del olvido. Porque citar, aunque parezca lo contrario, es someter a un libro, a la mayoría de oraciones que componen un libro, al olvido.
Percibo que Cioran ha ido enmudeciendo su palabra a medida que avanzaba en la escritura del mismo. Sus largos párrafos se han convertido en sentencias. Cuasi aforismos. Una búsqueda de la brevedad y de la condensación parece que guía esta escritura.
Escucho música, como es costumbre. Escribo escuchar porque nunca entendí esa música de fondo que proclama las virtudes aun sin ser reconocidas. Entre los compases de la obra de cámara, leo a Cioran: “Ojalá Dios hubiese hecho nuestro mundotan perfecto como Bach lo hizo divino!”.
El aire se serena y viste de hermosura y de luz no usada la caída al oscuro de la tarde. En ocasiones, he pensado que la música surgió para confundirnos a los hombres con los habitantes de la Tierra.