miércoles, 23 de septiembre de 2009

Significar lo invisible.

Hoy he mencionado a Mario Praz y todo sucedió desde entonces como una reminiscencia. Mauricio Wiesenthal dedica unas páginas a la figura del profesor romano y al halo de misterio y malditismo que lo acompañaba. Praz ha dejado un par de libros de visita inexcusable y que han sido felizmente reeditados, La carne, la muerte y el diablo en la Literatura romántica (Acantilado) y Mnemosyne (Taurus). El paralelismo entre la literatura y las artes visuales. Sobre este último he hablado en otras ocasiones en este trópico, pero no es motivo para dejarlo en el olvido. Su relectura es grata y nos depara caudalosas sorpresas, sobre todo cuando el profesor indaga, con signos irracionales y lógicas ambiguas, sobre la significación de la palabra. Tal es así que, cuando se refiere a Rilke dice lo siguiente: “En el arte abstracto de Paul Klee encontró Rilke la solución del problema que requería toda su atención: el de la relación entre los sentidos y el espíritu, entre lo externo y lo interno. En resumidas cuentas, Praz viene a decirnos que el paralelismo existente entre la pintura de Klee y la poesía de Rilke, especialmente Las elegías del Duino, estriba en que el simbolismo no se desarrolla a partir de elementos de la realidad, sino que constituyen un lenguaje cifrado.
A continuación, como si todo esto no fuera motivo suficiente para enarbolarse en profundas meditaciones o en una perpleja admiración poético-pictórica, recuerda unas palabras que escribió Rilke a Sophy Giauque en la que se refería a la poesía japonesa:
“Se toma lo visible con mano firme, se lo coge como un fruto maduro, pero su peso es nulo, porque apenas colocado se lo obliga a significar lo invisible”.
Aún recuerdo el silencio de los muros en Duino, la invisible escansión de la realidad desde aquel balcón que divisa las aguas del Adriático. Incluso la minúscula caligrafía del poeta parecía que rer concetrar en ella una realida misteriosa, reservada al encuentro de una verdad que espera ser recorrida como un sendero. Nunca lo dije, pero tuve un encuentro con Rilke en su sendero. Desde entonces escuho en la noche sus semblanzas. Jamás un ser humano vovlerá a repetirlas.

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La poesía es el significado de la invisible. Acaso la pintura, la mención colora de la invisibilidad. La música es la materia, la transparencia. Con todo, la poesía de Rilke está asentada en esa zona limítrofe en que nada se aposenta en ningún lado, en que nada es susceptible de enjuiciamiento. Así entendida, la poesía es la expresión magnánima de la realidad a la que aspiramos pero no sabemos nombrarla ni habitarla.

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Con Cioran hay una anulación total del ser. En esa anulación, Cioran prescribe los males del hombre, las viciadas costumbres que nos han conducido a un derrumbe moral.
Cada vez, con más ahínco, creo en la desaparición de la cultura europea y, por tanto, en la existencia de un espíritu europeo. Sístole y diástole. En esa cultura europea, como aboga Curtius, puede uno levantar los velos de la creación literaria de un acervo cultural que nos prefiguró. En estos tiempo, las cualidades de la cultura grecolatina han ido desapareciendo a favor de una globalización demasiado hinchada de vacío. A veces, cuando visito una ciudad como Roma o París, algo se despabila en mis adentros: una proclama interna e indecible. Lo único de lo que estoy seguro es de que en esas calles, en los trayectos que recorro por los bulevares o las plazas, hay algo que concierta con mi sensibilidad. No sé si una reminiscencia de un espíritu perdido que, a pesar de todo, vaga y deambula por donde alguien lo sueña.