domingo, 20 de septiembre de 2009

Lágrimas de celulosa.

Con la poesía no decimos nada, lo sugerimos todo.


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El escritor convierte un ejercicio, una cotidiana acción, en una necesidad. Un día sin escribir es una paramera sensación de vacío. Cuando eso ocurre, cuando otras empresas merman el tiempo y lo reducen a nada, el escritor se siente saqueado. Entonces el hastío puede ser tan mortal como un veneno, más fuerte aún, porque no escribir un día es una traición a uno mismo. No escribir un día es dejar de ser por una vida. Eso supone anularnos, disolvernos en el magma pútrido de las aspiracione sociales.
Algo parecdio ocurre cuando las preocupaciones están más allá de la palabra, del compromiso diario. Las publicaciones se han asentado al norte de las brújulas con que los nuevos poetas o narradores, dramaturgos o ensayistas ensamblan sus obras. Más aún, las publicaciones con reconocimiento social, es decir, la publicación en una editorial que le augure presentaciones, recitales o cualesquiera de esas comparsas festivas en que se mencionan palabras tan prostituidas como “genialidad”, “prematuro”, “voz personal”, “estilo único” o “imprescindible”.
Luego de este carrusel de memeces, la obra queda arrinconada, como es su sino, arrinconada de la algarabía y la felicidad impostada. De nuevo, pasados los festejos, el escritor prosigue con su trabajo, como esa curva praxiteliana que se desliza inevitable. El escritor, en ese estado natural de soledad, en ese estado en que sólo se vive y no se convive, no tiene mas remedio que escribir para seguir viviendo. Y ahí algunos se ahogan y se mueren.



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Cuando hablo de poesía con algunos amigos, pocos, es cierto, muy pocos, a decir verdad, sostengo que la poesía es aleatoria y que uno no es poeta para siempre, como puede ser otra cosa. La poesía es una suerte de aparición sintética, de aglomeración de intuiciones que tenemos que convertir con las proteicas técnicas poéticas. La música, el ritmo, el silencio, la palabra ajustada a una forma. Cuando eso sucede, no tenemos más remedio que advertir la aparición de una sostenida sensación poética. En ella no cabe la dilatació extrema en el tiempo.
Paul Valéry, en sus Cuadernos (1894-1945): “El comienzo verdadero de un poema debe venirle al autor como una fórmula mágica de la que ignora todavía todo lo que se abrirá”. La poesía es una fisura en la realidad por la que colamos la palabra como un canto mineral. Con ella no sabemos a dónde nos dirigimos, ni siquiera la forma que contendrá nuestro pensamiento. En todo esto hay una cosa obvia, el poeta piensa y disecciona con la virtualidad de los pensamientos. Que ellos le sean cognoscibles es otro cantar del que no sabemos nada.


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Hace unos días, salí de la librería cargado de libros, de muchos libros, libros de todas las disciplinas, descatalogados, manuales, novelas, poesía, antropología. Los llevaba como un fuego robado, abrigándolos con demasiada fuerza, casi sin poder transportarlos hasta la casa. Cuando el librero me cobró, se quedó meditabundo por unos momentos, pero no me dijo nada. Al día siguiente volví a realizar la misma operación, llevándome los otros títulos con que no pude cargar el día anterior. Compré, incluso, diccionarios bilingües de todos los idiomas. El librero sonreía, creo que pensaba que compraba unos regalos o que me iba a dar la vuelta al mundo o que, simplemente, me había vuelto loco. No me dijo nada, sólo entregó una sonrisa.Una sonrisa agridulce.
Sin embargo, al entrar esta mañana, el librero me llamó desde uno de los extremos del local. Me dijo que quería hablar conmigo, -“pase por aquí, señor”-. Lo seguí con cierta fruición. “Mire, sé lo que le ocurre. Usted quiere tener los libros en papel, ¿verdad?, no quiere leer en pantallas digitales”. Le contesté al librero que quería comprar todos los libros para tener la cultura embalsamada, para demostrarme a mí mismo que, cuando pase unos años, viví en una época en que leer era oler, tocar, escribir. Al poco, los dos nos echamos a llorar.