viernes, 11 de septiembre de 2009

En el paseo, las alas se desprenden.

En esa foto en que aparece Robert Walser tirado, con los brazos abiertos, sobre la nieve, se cifra su literatura. Un blanco profundo la envuelve, una ilimitada y acuífera sentencia lo desprende de sus largos paseos. Walser hizo de los paseos una ciencia literaria, los convirtió en un carrusel del desprendimiento de la personalidad. En cada paso, Walser efectuaba una operación lingüística: palabras, palabras, ritmos, aperturas a la nada.
Sus Microgramas no son más que paseos por la escritura, largos, exaltados, a veces, íntimamente desnudos. En una de esas caminatas puede leer uno cosas de este tipo: “Contemplar el paisaje me permite observar que lo que avanza puede ser más delicado, bello, noble que lo que persevera en la inmovilidad”.
Walser con los ojos cerrados, escribiendo estos paseos, inhalando en la escritura la cadencia de una caída en la nieve, siempre blanda, dulce, bella. Abiertos los brazos, persiguen la contemplación. Luego, en el descanso, con el desasosiego de los días, la escritura en miniatura de estos microgramas, desdicen al mundo y al lector. Entonces la genialidad se hace presente. Surge una sonrisa cuando leo: “es puñeteramente difícil escribir cuando uno está loco”; y me lo imagino diciéndole estas palabras a Hölderlin mientras Rilke toca el piano que descansa impertérrito.

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Con veinticinco años escribió Cioran este Libro de las Quimeras. Por entonces, era profesor de filosofía en Brasov. Corría el año de 1936. La obra no fue editada hasta que se tradujo al alemán y al francés hacia los años noventa. Más de cincuenta años estuvo guardado este discurso de las quimeras, esta negación existencial de los ideales más inmediatos de aquella Europa que salía de una tremenda guerra y se preparaba para entrar en otra aún peor. Hago referencia a estas reminiscencias bélicas porque el libro, por momentos, parece oracular: “cuando uno tiene en la memoria tantos sufrimientos pasados y el presentimiento de tantos dolores futuros”.
Parece que las páginas del inicio aúnan la anestesia de la música sobre el espíritu y la protuberante secuencia del dolor y el sufrimiento como anexos insoslayables de la vida. Reflexiona sobre las religiones, sobre la figura de Jesús como el paradigma del sufrimiento humano, devolviéndole ese sesgo hombruno del sufrimiento: un hombre, Jesús, sufrió como hombre. Por eso, el dolor persiste más allá de él y de sus palabras, sólo fue una demostración de los límites a los que podemos someternos. Nada más.
A tenor de lo que reflexiona, me vuelvo hacia mi memoria. En ella se guardan mis sufrimientos. De existir con plenitud, en la estación total, deberé deshacerme de ellos, vivir no como otro hombre, pues en ese otro hombre habita el sufrimiento, sino como un ser total.

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Ser total, territorio en que volcamos las virtudes del ser desasido de lo humano.

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Decía Valéry que quien escribe en versos baila sobre la cuerda. Esa definición, esa extrema sensación de saberse en el abismo, es la que desprende la escritura poética. No sucede lo mismo con la prosa, con la que parece que escribimos con una red o a pocos metros del abismo o a sabiendas de que poco sucede si aflojamos el estilo o desistimos en uan idea que necesita más cuerda sintáctica. Entonces, me pregunto, por qué los prosistas no eliminan la red, la cercanía y lo reducen todo a esa cuerda en que se nutren los versos de las ideas y las ideas encuentran acomodo en los versos. Alguien dirá que, como los amantes, no todos devuelven lo mismo. Y pienso que la lengua sabe de las virtudes de la poesía y nos maneja y nos deriva, a los torpes de la cuerda, hacia la amplia secuencia de la prosa, aunque la prosa sea un susurro débil o una triste insinuación.