sábado, 12 de septiembre de 2009

Tiempo en Verona. Asilo de la razón.

En la Porta Borsari, en Verona,
primer siglo después de Cristo,
en un dédalo quieto por el asma
de los siglos, dictando la sentencia
del tiempo,
escribo con la tinta pétrea:
el ser total es el que carece de memoria.

Incipientes sus pasos
por la ciudad, procura este paseo
hasta la Arena.
Comenzará la música
que anule,
-estación del estarse fugitivo-,
el resto de sus sombras.
Modeladas secuencias del olvido.



***
Termino de leer un puñado de páginas de Cioran y, mientras estaba subrayando un par de líneas absolutamente geniales, me acordaba de la novela de Javier Marías, Tu rostro mañana. Hay un párrafo de Cioran que condensa el tema de la novela de Marías: “Como individuos tenemos fatalmente conciencia de nuestra limitación, de nuestra insuficiencia individual; ¿Por qué sólo podemos conocer a los hombres en los grandes acontecimientos de la vida? Porque aquí la decisión y el cálculo racional no tienen valor alguno; todo lo que deriva de los valores y criterios exteriores desaparece, para dejar lugar a determinantes más profundos”. A pesar de esta larga cita, no he podido dejar de pensar en la magnífica descripción que suponen estas palabras a muchos de los tramos de la novela de Marías, de Kertész o de Márai. Recuerdo escenas en que los personajes no hacen más que llevar a la vida ficcional esta encrucijada en que la duda racional desaparece en favor de lo irracional.
Predica Cioran que lo irracional es el elemento profundo que nos subleva ante la razón en momentos en que hay que tomar decisiones importantes. Entonces, hay que dejar de hablar de decisiones y emparentar las actuaciones del hombre con lo irracional. Adormilado Apolo, esperemos a Baco. ¿No ha sido la filosofía el axioma de esta disputa, no está en nuestra especie la carga irracional?

***
No todo lo pensado es producto de la realidad.