martes, 1 de septiembre de 2009

Oficio de Pavese.

Si dejamos que nos lleve el viento, como decía Onetti, la vida, antes que narrada, se vuelve tosca e insípida. Aunque, después de pensarlo demasiado, creo que la vida es insípida en sí, infructuosa. La vida no contiene ninguna virtud y cuando los moralistas o escritores que se han preocupado por el comportamiento humano, hablan de las virtudes, siempre encuentro una voluntad o una fuerza teleológica que los empuja. No quiero hacerme aristotélico esta tarde, defendiendo la potencia que posee la vida y las predicaciones que devienen de ella. Quizás la vida es una predicación artificial y se acumula en ella aunque depende de los usurpadores de la misma para llevarla a un estado u otro.
Todo pierde sentido cuando me dedico a nada; el problema mayor es que cada vez considero que la nada lo invade todo, desde el trabajo hasta la amistad más próxima. Una nada que levanta las miserias de los que no somos conscientes más que cuando nos ejercemos en alguna disciplina artística. En ese trance, el hombre vislumbra la cortedad de sus actos y la intrascendencia de los mismos. Y es entonces cuando busca el absoluto y el reposo de su acción, de su deseo, de su voluntad en forma artística, en el atril de las artes.

***
He ignorado la palabra pensada.
Después del sueño el olvido:
la secuencia de un útero narrado,
el degüello de un verso compartido.
Si uno lanza su voz a las esquinas
de este círculo efímero y acuoso, decidme,
¿cuándo fue esta vida nuestra,
acaso permanece en esta voz
que proclama el ocaso de la carne?


***

Esta tarde, al leer a Cesare Pavese, El oficio de vivir, me ha dejado la juventud por unos momentos. Al leer un fragmento de su obra, la vida se ha tornado evanescente, pero ¿no es esa su condición? La juventud, un estado de la conciencia nueva que jamás deja de habitarnos nada más que para el fin. Dice Pavese: “Se deja de ser joven cuando comprende que expresar un dolor deja el tiempo que encuentra”. El dolor es un término que puede incorporarse a cualquier concepción de la vida, el dolor. Siempre hay, por naturaleza, una placentera y dolorosa contemplación de los días. El dolor es un sucedáneo de los deseos reales y esos terminan por descontar hasta al más oficioso de los humanos. Por otra parte, el dolor es un remiendo, el eco de un tiempo que descubre, tiempo danzante.