domingo, 11 de octubre de 2009

La gracia y el ser.

Aquel hombre mayor con bigote estaba leyendo Manual de la oscuridad, de Enrique de Hériz , mientras se comía una tapa de ortiguillas. El título parecía recoger los ecos de aquel ejercicio que, entre el bullicio de los comensales, levantaba la palabra. Sus caninos devoraban las propiedades marinas de aquella mucosa verde, frita, que desprende el sabor del pubis marino como ningún fruto del mar. Puede decirse que, una ortiguila es el verde procedente del virgo de la mar.
No es la primera vez que veo a este señor leyendo, por la noche, en el lugar en que concurre más gente en Sanlúcar, en la Plaza del Cabildo. Ya lo cacé leyendo, el verano pasado, El arte de la fuga, de Sergio Pitol, mientras liaba tabaco con sus manos mortecinas.
Después de estos dos encuentros, he llega a pensar si este señor no es producto de mi imaginación. Si sólo yo lo veo, de vez en cuando, leyendo entre la masificación de turistas. Quiero pensar que, de ser así, es decir, de ser fruto de mis pensamientos, quizás está esperando que lo convierta en un personaje de ficción. Y así recuperarlo para la vida, dotarlo del latido vicario de la literatura. En realidad, el anciano sólo ejecuta aquel arte de la oscuridad o de la transparencia.

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Al tiempo que leo los poemas de Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, recupero de la memoria el libro de Antonio Colinas, Desiertos de la luz. Entre la luz, el desierto y la música, la poesía mesiánica de Colinas, trufada de arquetipos y ensoñaciones y, por tra parte, las huellas en el desierto de los versos de Sánchez Rosillo; proclamas transparentes de la llegada de la noche, de la consciencia del suceder de la vida.
Los poemas de Sánchez Rosillo destacan aquella plenitud inencontrada de los hombres en lo cotidiano, en las tardes que pasan y pasan sin más mención ni recato. Justo en esa fisura volátil, encuentra Rosillo la condescendencia de la vida con los hombres. Grata lectura esta, plácida sensación de serenidad en lo contemplado.

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Rescato de los estantes Diario íntimo de Unamuno y leo lo siguiente: “Si la nada me aterra, he de aprender a conocer mi propia nada para aterrarme de mí mismo y ponerme a labrar en mí al hombre nuevo, el de la gracia y el ser”.
Creo que un poeta es aquel que descubre, en un amanecer temprano, la propia nada que lo invade. Desde ese momento, todo él es labranza que construye al hombre nuevo, al que dice en los versos, al que descubre la gracia y el ser.