jueves, 1 de octubre de 2009

Sueño de martín.

Envidio sus caminatas por el campo, su exploración de la tierra como quien busca una imagen desprendida de los sueños. Con la luz bañando los accidentes de la serranía de Cádiz, Manuel Ángel Gallego de Prada acude a la naturaleza en busca de una secuencia que lo traspase. Esa lámina es la fotografía de un pajarillo, acaso de un acontecer de la naturaleza en acción. En muchas ocasiones he querido dotar mis palabras con el halo de humedad y servidumbre que otorga la naturaleza. Vicente Huidobro se levantó en su contra, Nom serviam, escribió el chileno. No te serviré más, me limitaré a crearte. Con la naturaleza no cabe otra cosa más que la creación, ella es dadora de verdad.
Con las fotos que me envía este querido compañero me sucede lo mismo que con el sendero de Rilke. Allí estoy, aún, esperando una palabra muda, un silencio sonoro. Todavía recorro sus derroteros intrincados, repletos de ramajes y piedras. Igual que una imagen, el recuerdo es un instante. Y en este martín se condensan las horas, la tácita cuadratura de la luz hilvanada en sus manos.

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La escritura semeja una lucha constante en que los combatientes terminan vencidos y mermados. En esa progresión del espíritu, la palabra establece los ritmos de la contienda. Hay quien no puede más que levantar las banderas y proclamarse a pesar de la insuficiencia. Otros abandonan al poco del trabajo. Ahora bien, los que jamás comenzaron la lucha en la tierra batida por el sufrimiento de escribir, no saben de la fuerza de la palabra. Cioran dotó su vida de algunas cualidades que me resultan indispensables. Sobre todas ellas, la de negar la existencia. El enemigo está en casa, somos nosotros mismos. En otras palabras, las de Cioran: “Así he empezado la lucha: o la existencia o yo. Y ambos hemos salido vencidos y mermados".