martes, 27 de octubre de 2009

Visión y símbolos.

El pianista aparece en la imagen con la solemnidad pétrea de una escultura romana. Está interpretando a Liszt: la frente altiva, las manos despojadas del tiempo, una seriedad que concentra el infinito. La cadencia en la interpretación provoca que su propia imagen vaya distorsionándose hacia formas indefinidas. Sus manos, invisibles, parecen trazar a escondidas los senderos de la abstracta manía de la sucesión alterna que es la música. Como un trampantojo, la imagen del pianista va diluyéndose al tiempo que interpreta al piano la partitura de la noche. Su rictus va tomando el clamor de un verso encendido.
Todo sucede en una habitación en la que se dejan ver un cuadro alicaído y una lámpara sujeta a una pared, cualquier pared del alma. La sencillez del escenario abriga la sensación de estar asistiendo a una aparición. Una aparición es la música, sucesión de lo infinito en lo perecedero.
De origen incierto, nada la iguala, ninguna imagen es capaz de advertirla, tan sólo una palabra está cercana a su naturaleza, una palabra que nos confunde y aturde. Silencio, estado natural de la música.

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Sacudimiento extraño, sentencia del olvido, diáfana melodía. Como un estanque quieto te he concebido, como un estanque rotundo y verdadero. He tomado de ti, transparencia,
la intacta luz con que bañas los campos de la ensoñada primavera. He vertido sobre tus virtudes, sobre la presencia transitada de minerales, mis añoranzas de ser hombre. Anhelo fugitivo, moribunda aspiración que sólo alcanza a ser verbo y desmayo.
Contemplación, hoy el cielo parece invocar con la llamada de un animal enrabietado, con la fuerza proteica de una marisma calcinada. Revestimiento de alabastro, zócalo de marfil que hundes mis esperanzas y deseos, devuélveme mi delicada presencia, devuélveme a la memoria que me hace y condena a ser un desvaído sueño deshuesado.

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En ningún libro como en Visión y símbolos en la pintura española del siglo de oro, de Julián Gállego, he aprendido la dimensión simbólica de las artes en el Barroco. Los capítulos dedicados a las relaciones que mantuvieron la pintura y la literatura en este periodo son magistrales, de una profundidad y luminosidad poco frecuentes. Así como las enjundiosas páginas que reserva a la presencia de los objetos simbólicos en los lienzos barrocos tales como bodegones o frutas.
Hasta ese entonces, en que leí el libro enfervorecido, las visitas a los museos no dejaban de ser más que acumulaciones de naturalezas muertas.
Destaco, por mi tendencia lecturaria, el tramo que se titula “dificultades de lectura de la obra de arte”. Hablar visible, poesía muda, poesía de los ojos... con algunos ejemplos de Horacio, Manuel de Faria y Sousa o Lope de vega ejemplifica Gállego la equivalencia semántica que ambos términos adquieren por esas décadas. Se lee la pintura de Rubens como se ve la poesía de Marino.
Prosigue Gállego culpando a esa decadencia de la lectura de un cuadro del siglo de oro por la falta de recursos de los hombres modernos. Dice: “Incluso un desnudo, para gente de cierta cultura, no deja de ser un desnudo que equivale a otro”. Quiere decir con ello que los hombres modernos hemos ido perdiendo las claves simbólicas, las que traspasan el significado más allá de la ejecución más o menos perfecta.
Este asunto, llevado a las letras me llevan, inrrefenablemente, a reflexionar sobre la paupérrima lectura que realizamos de la mayoría de obras del pasado. He caído en la cuenta de que las carencias son evidentes, de que la poesía, por ejemplo, de Muñoz Rojas, está instalada en ese territorio en que la palabra es fértil y polimórfica, dadora de una realidad solo insinuable. Ay, qué evidencia de nuestra mortalidad e ingratitud ante las obras de los hombres que han llegado a rozar la plenitud del arte. De la lectura del arte.