domingo, 25 de octubre de 2009

Literatura y naturaleza.

En el inicio de este siglo, la literatura ha terminado por separarse de la naturaleza. Así lo demuestran los escritores recientes en sus obras. Hay un evidente vencimiento y proclama de las virtudes de la tecnología y de la urbanidad en la literatura de este tiempo.
Ante estas circunstancias, opté, desde no hace mucho, por asentarme en el natural estado de la palabra. Volví a los autores del Renacimiento, del Barroco, a los clásicos grecolatinos, a la literatura escrita en otras lenguas y a la mejor tradición de la literatura del siglo pasado. Ahuequé el tiempo, todo lo que dio mi mollera, para instalar en mis lecturas otras disciplinas. En todos los casos, la naturaleza aparecía como ese estado en que fuimos y del que brotamos, al que pertenecemos y en el que solo somos un territorio reducido.
Encontré a los que habían buscado en la naturaleza, en esa estación de lo eterno, la manera de decir el tiempo, la muerte, el amor. Toda vez que vislumbré el tiempo perdido en otras inclinaciones de lo verbal, renuncié al pasado. Y lo hice porque la memoria y la ficción son los artefactos con los que don Quijote jugó en la Cueva de Montesinos.


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Tres jornadas ha durado el XI Congreso de la Fundación Caballero Bonald en Jerez de la Frontera. Los tres días han sido de un nivel notabilísimo, por momentos sobresaliente, como las conferencias de Joaquín Araújo, Ricardo Senabre, Luis Alberto de Cuenca o Miguel Delibes.
Por otra parte, la presencia del propio Caballero Bonald (caso insólito de escritor que habla con el mismo estilo con que escribe) y del premiado Vargas Llosa ha colmado las expectativas con las que fuimos, M. y yo, al congreso.
No puedo dejar de decir que siento tristeza, una profunda nostalgia, cuando se acaba este tipo de eventos. La vuelta a las clases termina por devolverme un bofetón de inconsciente fervor. Tan alejado todo de las aulas, tan alejado el conocimiento, la lectura y el trato con los compañeros de estos actos de caridad humanística con los que, de vez en cuando, algunos ilustrados nos devuelven el fuego perdido de los días. Al menos, estas migajas refrescan el quehacer diario, les da otro brío, a lo mejor, otra esperanza.

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Vargas Llosa es un lector apasionado, un lector que escribe sus lecturas. No todos los escritores pertenecen a esta estirpe de escritores de lecturas. Los hay obsesionados, como Vila-Matas, A. Manguel o Borges, pero también los hay bartleby absolutos.
Podríamos decir que, en todo caso, Vargas Llosa responde de dos formas al acto constante de leer. La primera, como escritor, consiste en crear su propio mundo de ficción. Para ello utiliza el aprendizaje que otros escritores disgregaron por sus obras. La segunda, Vargas Llosa se coloca la casulla de lector privilegiado, casi oracular, para interpretar con rigor y profundidad insólitos las obras de aquellos escritores que considera indispensables. Ya lo demostró con Flaubert, Victor Hugo o García Márquez. Ahora lo hace tras la relectura de la obra de Onetti en El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti.
Ir de la letra de Vargas Llosa hasta el epicentro de la ficción es un privilegio, sea cual sea la vertiente elegida, a través de sus novelas o de sus ensayos. Cual Virgilio, desentraña los senderos y los equívocos atajos que conducen hasta la literatura con la claridad de un elegido. Para ello se remonta a la época en que la ciencia y la ficción convivían y compartían la materia de la realidad, en que todavía el hombre se desconocía a sí mismo. Como si de una tribu fuésemos partícipes, Vargas Llosa comienza su relato y su viaje remontándose al origen mismo del lenguaje, al origen de la necesidad de contar. Y, a partir de ella, proyecta la obra de uno de los que mejor ha sabido contar a través de la literatura.
Tras la lectura del libro, uno llega a la conclusión de que los escritores, no los que acuden a la literatura tras la llamada de la original mercancía, son protohombres incipientes y anhelantes por crear, de nuevo, el modo de transmitir el incipiente verbo que detonó la ficción. ¿O es la ficción el elemento determinante para el desarrollo del lenguaje?

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Estos días han estado, además, cargados de poesía. Culminé la lectura de Sánchez Rosillo, Oír la luz. Este es un libro maravilloso de la poesía que debe escribirse en estos tiempos de experimentos y matracas. A ello sumé la lectura de Hoy es niebla, de José Ramón Ripoll y algunos poemas de Los mundos y los días, de Luis Alberto de Cuenca.
Me fascinó la gaditana forma de imbricar la música, el mar y la literatura de la poesía de Ripoll. Mesurado, nombrando la realidad oculta de las certezas, indagando en la música que atraviesa el mundo y lo define en términos abstractos, con versos rotundos, como si llegaran en un navío a la deriva, con aquellas palabras que mejor le vienen a lo innombrable, como el humo, el humo de los barcos.