lunes, 5 de octubre de 2009

Mis encuentros con Cioran se razonan como una quimera. He culminado la lectura de El libro de las quimeras. Desde ese momento la realidad es del color de la utopía.
Tengo conciencia de mi participación en una naturaleza mortal, enquistada en la indolencia de la muerte. También aprendí a imaginar (eso lo conseguí al leer en los ojos de Cioran) una idea desbocada, ¿si no fuéramos mortales, qué sustancia tendría la muerte en nosotros?
Desprovisto entonces de todas las quimeras que nos argumentan como seres infelices, entrego mi lectura a la escritura. Rasgar la sentencia del olvido del hombre, es decir, debo escribir sin ser yo, sólo imaginando al que persistirá más allá de mi vida. Ese es el compromiso de la literatura: entrega y desistimiento. Como decía Claudio Rodríguez: “Como si nunca hubiera sido mía, /dad al aire mi voz y que en el aire / sea de todos y la sepan todos…”. En el aire las palabras rayan en su seno primogénito, de él participan. Su vocación oral las transforma en sonidos ineludibles. Cuando una palabra verdadera brota, de ella brota la forma que la define. Y se hace eterna pieza de un pensamiento, mueca de la vida, esfinge de la memoria recobrada.

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Uno de mis libros de cabecera es el de Curtius. En él encuentro la mayoría de soluciones a la literatura actual. Me aferro a él con tanta gratitud que, con el tiempo, debería escribir las memorias de su lectura.
Dice Curtius que Dante proclamaba que dos viajes habían sido auténticos antes que el suyo, a saber: el de Eneas, en el libro VI de la epopeya de Virgilio y el de San Pablo, en Corintios 2, 12:2. Afirma Curtius que de Eneas surgió Roma y de San Pablo, el cristianismo. Lástima que Dante murió a los cincuenta y seis, ya que si hubiera vivido hasta los ochenta y uno, su profecía hubiese sido cumplida; la profecía de un viaje circular, en tres etapas, del que nunca volvió.
No hay páginas más enjundiosas que otras en este libro, todas son de buen provecho. Aunque sí se sostiene una tesis que, con el tiempo, se está instalando con más fuerza en ese argumentario que uno utiliza a menudo. Consiste en el concepto de Europa como cultura que había en la Edad Media y que, en buena medida, se recuperó en siglos posteriores. Incluso en las obras de Zweig o de Wiesenthal asoma estas proclamas que reivindican la grandeza y la unidad de la cultura europea. La escritura moderna, la novela que aspire a situarse en esa órbita, deberá nutrirse del acervo que encontramos en la cultura del viejo continente. Una aspiración demasiado hercúlea para un mundo de hoy que se proclama sordo para el de ayer.

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Leo el Fedón, o de la inmortalidad del alma, de Platón, con la mente compungida. No ya por la belleza de los conceptos sino por las palabras de admiración del propio Fedón sobre el sosiego y la serenidad que invadieron a Sócrates momentos antes de su muerte. Mantiene Sócrates su lenguaje de siempre, apegado a la serenidad y la inteligencia. A pesar de saberse muerto, de que la muerte diluyera su aliento por los muros de la prisión, Sócrates todavía entiendía que debía mantener el rostro de un humano sobre la tierra. Esa lección es un deseo proclamado, el deseo de la muerte bienaventurada. Y eso me acongoja, por mi príncipe entendimiento de la vida.