martes, 6 de octubre de 2009

Manos prestadas.

La cosa empezó así. En pocas ocasiones una prolepsis derrochó tanto alarde de estilo literario enroscado en los mimbres de la ficción. Céline, al que menciono como antecedente de Bolaño, descarnó el verbo a favor de las trincheras. En la plaza de Clichy, recuerdo, justo en el lugar en que comienza la narración al fin de la noche, estaba leyendo hace unos años a Vila-Matas. Entonces no recordé el inicio de la novela y la lectura fluía por esa cadencia inacabada de París, la ciudad en la que las almas son puentes.
Ahora que la novela de Céline reaparece en mi memoria porque un compañero anda leyéndola, he recordado la lectura de Vila-Matas,cosa curiosa, argucia del destino, precisamente de El mal de Montano. Suelo convertirme en Walser cuando leo al autor de Extraña forma de vida. En esa metamorfosis, aplico los microgramas en las páginas que hacen de guardas del libro. En ellas apunto los autores, las obras, las constantes que se precipitan en cada página. Sólo espero, al final de la lectura, encontrar una cifra intertextual que clarifique, como un paseo por la nieve, la quimera constante de la ficción.


***

La cosa empezó así. Abrí el libro de Pavese, El oficio de vivir, y leí en una de sus entradas: “El acto de escribir es siempre ciego”. De repente, perdí las páginas que había escrito durante varias horas. Se habían convertido en una blanca profecía. Poco después, cuando estaba terminando de narrar esta experiencia, esta ceguera momentánea, descubrí que alguien escribía en el teclado con mis manos. Ese horror de ver mis manos manejadas por la cabeza de otro es la pura ficción. Hoy Pavese escribió por mí este texto. Oficio impenitente, irracional vómito del olvido.