viernes, 30 de octubre de 2009

VELO DE FLOR.

El sábado por la mañana estaba sentado en la Plaza del Cabildo porque necesitaba comprender el mundo. Sí, con estas palabras, comprenderlo. Llevaba unas semanas con un ajetreo desmesurado en que la ilógicas e incoherentes actuaciones de algunos compañeros me habían llevado a un absurdo absoluto. Nada podía entender, nada podía ser razonado por mi candente mollera.
No entendía cómo el ser humano, atravesado por temas tan incomprensibles, podía dejarse los días en esas minucias con que tanto disfruta el resto de los mortales. Incluso pensé en disfrazarme de cucaracha o de insecto y quedarme recluido en mi habitación como el personaje de Kafka. Por supuesto, me hubiera llevado una montaña de libros y un cuaderno para poder anotar los ángulos de aquella soledad sonora, de aquella retirada vida. Al menos, por unas semanas, sería alguien al margen de todo, alguien que buscaría dentro de sí todo lo que el hombre tiene.
Lo cierto es que no terminé por disfrazarme de cucaracha ni de insecto. Tampoco pude quedarme encerrado en una habitación para subir por las paredes gracias a la potencia de la imaginación. Pero sí pude irme a la Plaza del Cabildo acompañado de un vaso de manzanilla. Una vez que estuve sentado, con el vaso entre las manos y mi moleskine sobre la mesa, comencé a interpretar el mundo. ¿Lo han hecho alguna vez?
He pensado que, vivir de cara a los demás, es decir, trabajar o actuar esperando una respuesta colectiva es, en realidad, un engaño para todos. Uno debe trabajar manteniendo sus principios y su ética impolutos, debe trabajar con toda la fuerza de su vocación (si la hubiere) y desligándose de los cantos de sirena que con tanta frecuencia aparecen allí donde hay alguien que ríe y acompaña la gracia. He pensado que, si todos fuéramos más coherentes, si todos nos llevásemos unas semanas recluidos en una habitación, como Gregor Samsa, a lo mejor el mundo iría adquiriendo la empatía necesaria para convertirse en lo que fue cuando no había seres humanos.
Pienso todo eso mientras, a mi alrededor, no cesa el trasiego de gente que va de un lado a otro, de la plaza de abastos a la calle Ancha o sus propios hogares. Ese trasiego, ese bullicio de ciudadanos que saludan, compran, comen o hablan sobre su pasado debería empezar a tomarse en serio eso del velo de flor de la manzanilla. Es el mejor ejemplo de que, cuando una vida reposa en el silencio y la humedad del mar, adquiere matices únicos, un sabor profundo a vida inequívoco.