jueves, 15 de octubre de 2009

SILTOLÁ





Esta tarde, mientras avejentaba mi vano meditar, estuve a merced de los pájaros. El mar lanzaba esas caricias perplejas que, de cualquier modo, son inequívocas señales de vida.

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No debería uno malhumorarse por las minucias de los que atentan contra su tranquilidad y sosiego. Tampoco por los que demuestran continuamente la larga cabellera de su mediocridad. Cada vez estoy más convencido de que la mediocridad lo va minando todo y que, en la mayoría de ocasiones, tiene uno que aguantarse y no responder con un improperio con la voz en grito. Aunque, es cierto, que hay ocasiones en que sostener la educación se hace difícil.
Esta mañana, una compañera del trabajo me preguntó si no había leído la Catedral del mar. Cuando se enteró de que no tenía ni idea de esa obra, rápidamente comenzó a demostrar en público sus virtudes como lectora, los beneficios de la lectura de este libro y sus cualidades como lectora (de ocasión). Cuando terminó su exhibición claustral -(yo, mientras tanto, mantenía la mirada gacha y el pecho encendido)-, me preguntó si había alguna obra que retratara mejor que esa la Edad Media. No me apetecía responderle después de su alarde de soberbia encrespada, pero le dije, con la boca muy pequeña, El nombre de la rosa. Dejé sin mencionar el autor para que, como una cuajada, las piezas de aquel exabrupto del día, tomaran, al menos, otro matiz. Ah, sí, contestó, El nombre de la rosa, de Miguel Delibes.
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Con el paso de los años, se va agudizando en mi comportamiento una misantropía aguda, que se enarbola sobre todo cuando suceden las euforias colectivas. Escribo esto al tiempo que leo a Cesare Pavese: “Tendré que dejar de jactarme de ser incapaz de sentimientos comunes (placer de fiestas, alegría de la gente, etcétera)”. Esa discapacidad es, sin duda, el mal que me recorre por cada una de las actuaciones que realizo al cabo del día.
En el oficio de vivir he comprendido que la plenitud se proyecta en la soledad. El solipsismo es el método infalible para alcanzar la sensación de alegría, de sosiego o de templanza ante la realidad. Todo lo que sucede fuera de esa vertiente ética, lo destierro de mis actos. Soy cuando menos ocurro entre los demás.