jueves, 22 de octubre de 2009

LA MÚSICA Y LAS ESTATUAS.

Definitivamente, la música es el tiempo que somos. Ella proyecta ese espacio inasible en el que desarrollamos la plenitud, porque nada en ella está limitado, porque en ella el tiempo no es más que una cáscara deshecha. Rilke, en un poema dedicado a la música, escrito entre 1923 y 1926, condensa magistralmente esta descripción.
He memorizado el poema y lo he recitado en alto, proclamando cada una de sus espuelas y aristas como quien invade el silencio y lo ocupa sin más miramientos ni recelos. Con Rilke, aún en el silencio, hay un comienzo nuevo.
La música es respiración de las estatuas y silencio de los cuadros. La respiración para los mortales es el método más inconsciente de fundición en lo demás, de perpetua mantenencia con la naturaleza. Inspirar es una dilogía.
Los cuadros, permanentes en el silencio de las salas que los conservan, perfilan un pentagrama en el que discurren, a los ojos, como una secesión de tiempo quieto y recogido. Un cuadro es un gesto del alma.
Luego, en esa respiración silenciosa, termina todo lenguaje para fundarse la dilución con el universo. La música es materia perpendicular que atraviesa nuestros sentidos, los trastoca en beneficio de una nueva estancia en el mundo. Sístole y diástole, inauguración y clausura, perpetuidad y finitud. Por unos momentos, rozamos lo sagrado y abandonamos nuestra condición de finitos trazos.
La música es paisaje audible y sagrada despedida. En cualquier caso, la poesía es un lenguaje que desprende otro lenguaje, la poesía es dadora de un lugar en el que sus habitantes sueñan extrañados cuándo dejaron de ser finitos. La música anula el suceder continuo del Tiempo para hacerse, ella misma Tiempo.

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En los Sonetos a Orfeo, de Rilke, el culpable de la audición de esta invisibilidad es Orfeo. Orfeo levanta un templo en el oído y, en ese templo, la acción se vuelve sagrada, la vida se torna inhumana. Como un decir oculto, la música es una corriente alterna que, cuando logramos fundirnos con ella y gracias a ella, nos desliga de todo lo que somos. En esa extrañeza, que quien la alcanza no logra escribirla, la naturaleza ya no es una inspiración que se termina por salir de nosotros, sino que somos naturaleza concentrada, pura, cristalina, somos el aire expulsado que no volverá a reconocer su virtud de mortal. Después de la música, el alma aspira al espacio en que nada sucede. El silencio es la actitud máxima de un mortal.

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Este Territorio de la mancha es la escritura de una vida cruzada con la literatura. Sin embargo, confluyen en ella otras disciplinas artísticas que seccionan y expanden lo que presumiblemente parece alejado. Para que esto se produzca y el maridaje sea posible, me encuentro, de vez en cuando, con compañeros que aportan materias para la palabra. Esa conversación, más allá del trabajo y de la amistad mutua, traspasa las reflexiones hasta instalarse en mi escritura.
Desde que un amigo, Rafael Grajales Sánchez, no deja de translucir los ángulos (muertos para mi vida) de la pintura, como una disciplina río, que todo lo arrastra y que con todo se configura, no he dejado de pensar en la relaciones que mantienen las artes.
Hay un espacio común del que emanan todas ellas y ese lugar es la clarividencia del artista. Tal Prometeo, el robo del fuego, para los mortales, supone que Prometeo visitó y estuvo en territorio sagrado por unos momentos. Esa instantánea manera de robar la luz, el conocimiento, es el hilo que hilvana la actitud de los artistas. En ella, que es principio y fin, desembocan los espíritus de los creadores y la visión de la vida como un acontecer de continuo que nos sobrepasará.
Me envía Rafael, pintor gaditano, polifacético creador que se vale de cualquier técnica para desarrollar su visión, lector omnímodo y omnívoro, algunos cuadros que reflejan la respiración de las estatuas y el silencio de los cuadros. Ese silencio es el trazo de su mano creadora. La estatua mantiene el instrumento con el que escarba en lo profundo. Aunque, con Rilke, lo profundo no sea más que la naturaleza que somos.





















*Ilustraciones, Rafael Grajales Sánchez.