sábado, 21 de mayo de 2011

Borges no dejó de recordar en diversas páginas las propiedades del verso de Virgilio: “ibant oscuri sola sub nocte per umbram”, como ejemplo de mucho más que una hipálage bien construida. Habla el argentino de la perfección con la que estaba creado el verso, porque era capaz de resumir qué es la literatura y cómo debe estar escrita. Teoría y dicción del fenómeno. Así, este verso es para Borges la litertura en sí, pues en él se dan todas las condiciones de los literario.
Desde que uno leyó la referencia en Borges, no deja de buscar ejemplos de esta índole con el que poder ilustrar, las más de las veces, lo que se piensa. No he encontrado aún el verso o el párrafo, pero sí he dado con un escritor, un humano, que resume lo que debe ser alguien que escribe.

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Demasiado tiempo de asueto me tenía intranquilo. No estoy acostumbrado a descansar sin leer, por ejemplo, o a ir a dar una vuelta sin tener en la mollera dos o tres cuestiones sobre las que pensar. Toda esta extrañeza ha terminado cuando, por casualidad, abrí el librito titulado Montaigne, de Stefan Zweig. Bien avanzado este ensayo, la prosa de Zweig parece que se acopla a la perfección con la materia que trata: Montaigne se creía dividido. Un hombre particular, único, con una esencia singular; mientras su yo se armoniza con el hombre total, al que no le pertenece, pero del que emana como declinación. Estas páginas han levantado todo tipo de pensamientos e, incluso, ha hecho que abra un cuaderno y comience a escribir esto que lees.
“No solo es el yo lo que busca Montaigne, sino también lo humano. Percibe claramente que en cada hombre hay algo que es común a todos y algo que es único”. Borges también lo pensaba y Goethe y Platón, el maestro. Estas palabras inician uno de los mejores párrafos que he leído desde hace años y que concluirá este texto. Zweig conocía de primera mano la esencia de esta escritura y lo que Montaigne quiso hacer con su vida y con sus letras. Actos en palabras.


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“Quien describe su propia vida vive para todos los hombres; quien habla de su época, vive para todas las épocas”. Porque, en última instancia, no hay ninguna intención de moralizar ni de escribir una vida modélica para los otros. Solo cabe la respuesta a la pregunta ¿quién soy yo?, la que estaba grabada en la medalla que portaba el francés. En ese discurrir que nos lleva a la respuesta es la descripción de lo que somos lo único posible, sin imposiciones ni autorías.
El hombre debe contemplarse a sí mismo quizás en la vida de los otros, de los que supieron alejarse y descentrarse por entero para no sucumbir a los dictados del egotismo. En realidad, Montaigne y Zweig nos están diciendo sin palabras que no se puede aleccionar a los hombres, solo mostrarles para que se vean con sus propios ojos.


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Como el verso de Virgilio es para Borges la literatura, para Montaigne: “Cada hombre comporta la forma de la condición humana”. El hombre es para la humanidad, según Montaigne, como un verso para la literatura. A la luz de estas disquisiciones, pienso que el arte es la conciencia de lo que de humano nos habita y el artista el que posee el privilegio de contemplarse lo eterno en su finitud.