sábado, 7 de mayo de 2011

Siempre he creído que lo que uno hace al comienzo del día determina el resto del tiempo y que, por ese motivo, hay que tener muy claro que no se puede conceder los inicios a cualquier actividad a no ser que esta sea frugal. Al despertar, nos mostramos, casi instintivamente, abiertos, todavía habitando entre los sueños y la rendición a los sentidos. En ese trance, en la duermevela, no pocas veces puede uno llegar a pensar cosas insospechadas o a escribir algunas líneas que luego necesitan el arreglo de la sintaxis, pero que presentan una sustancia fastuosa y venida del límite. Del límite de la noche y el despertar.

Así las cosas, todas las mañanas del sábado, sea cual sea la tarea que tenga uno encomendada, no puedo más que levantarme de la cama, coger un libro y escribir algunas líneas que, como éstas, poco o nada dirán al paso de los años, pero que necesitan estra presentes como un aviso para navegantes.

Debe ser uno un trapero del tiempo, utilizar esos márgenes del día que entregamos a otros menesteres y que debieran ser productivos. Esa es la lucha con la vida, la incansable lucha con la que todas las mañanas arranco de lo más profundo un grito exasperado, insonoro, que desdice al día y lo condena a pesar de que sus garras pesen sobre todos y sobre mí. Solo en la mente podemos vencer este asedio de lo vacuo, porque todo lo mecánico y huero termina en humo, en reminiscencia global de algo que ni siquiera deseamos. Solo hay que escuchar a quien se jubila o a quien ha podido dejar de realizar la tarea diaria del trabajo. No hay anhelo, deseo, nostalgia, más bien voluntad de abandono, aunque la actividad haya sido la única en la vida.

Por el contrario, la dedicación a otras disciplinas, como las artísticas, ofrecen el envés de esa interpretación. Ella misma va suplantando a la vida lentamente hasta confundirla y ensancharla. Lo que parecía que había entrado en un bucle, se hace incomprensible, un abismo justo en nosotros mismos. Y la vejez, ese estado de conciencia máximo, es, sin embargo, el momento en que uno puede llorar por las pocas horas que le queda para seguir levantándose los sábados por la mañana y desafiar al día y desafiar a la sociedad y sentirse vengativo por las calamidades del desasosiego.