martes, 3 de mayo de 2011

Es difícil encontrar el sosiego cuando el día ha sido un secarral de emociones o cuando desde la mañana nada ha tenido más peso que el aire o que la rigidez de unas estatuas. Es difícil no entregarse a la mansedumbre y donar la voluntad a la negrura del tiempo. Es difícil, lo sé, no desdecir la desgracia de la vida y no inculpar al desasosiego por esta naturaleza tan contraria a lo que somos. Porque la naturaleza es una circularidad que comienza y acaba en el mismo punto. En ella, la metamorfosis es posible, pues su inicio es su conclusión. No ocurre así con lo que el hombre medita, pues tenemos muy presente que los días descontados no pueden ser de otra manera vividos, solo en la memoria cabe la huida. Y ya sabemos los ángulos de la memoria.

Quizás por ello se atreve uno a edificar unas notas en un papel blanco, tan blanco como la sangre del silencio adormecido. A pesar de esa rémora, se atreve uno a escribir en el diario en busca de no se sabe qué momento, qué abigarrado rumor podrá ser revelado. Porque uno revela la realidad de sus escondrijos hasta dejarla pulida y macilenta. Hasta dejarla como un punto de fuga del que se expanden los días, las horas, el mediodía en el centro de un parque. No sabemos nada de la sílaba primera y aún menos de la última, pero sí reconocemos sus diferencias. Lo que sucede en su meridiano: nosotros mismos.

Nuestra voluntad es finita pues conocemos la coda final. Acaso solo reconociéndonos parte de la circularidad, de la tierra húmeda que pondrá los campos al rocío, seremos más humanos. Demasiado humanos. Abro Biblioteca, de Apolodoro, quizás el primer libro de misceláneas de la historia. Un libro en el que el mayor enigma es la identidad de su autor. Un autor transparente, desdicho de lo que acopió. La lectura puesta en marcha con el cedazo de la imaginación y el retal.

Permanece el cuaderno cerrado y todo es ilusorio. Ni un solo pálpito para abrirlo, pues no reconozco la evidencia ni el ímpetu sin que arda a lo lejos, pero dentro de uno. El cuaderno cerrado como un claustro avejentado por los pájaros que cruzan sus columnas. Solo es eso, el vuelo, solo es eso, el paso de un árbol a una rama, a un lugar de reposo momentáneo en desequilibrio. Solo la armonía pertenece a la creación.