martes, 17 de mayo de 2011

Quedo, con los brazos entregados encima de la mesa, repito las palabras de Borges en Siete noches: “Ya el hecho de que haya una palabra para silencio es una creación estética”.



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Un poema es expresión si cada una de sus partes es expresión; si cada una de sus estrofas es expresión, si cada sílaba contiene y ofrece una expresión. Todo ello va configurando un tono y se encauza en el ritmo. Si es prodigio, se asemeja a la música y a la idea. Si tentativa, se desvanece sin más ni más.


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Después de unos días de relaciones tensas con la sociedad, necesito recluirme. Tensas en un claro sentido: cada vez menos soporto lo social. Parece que he ido perdiendo las destrezas para ser alguien que se incluye en un grupo de hombres que se dedican a la misma actividad y que, por ello, debiera actuar tal y como los otros, entregar sus horas a lo mismo que hacen los demás. En este diario manifiesto que no me agrada en un punto lo que hacen los demás, sobre todo cuando viene dado por la imposición y la no reflexión, cuando el hecho ocurre sin más, porque sí, porque ahora es el momento de hacerlo sea cual sea la estación o la condición del hombre que la ejecuta. Me resisto a esa tabula rasa porque creo en la capacidad del individuo. Ante estas inclemencias de la sociedad, que atosiga sin sentido, a veces levanta uno la voz, aunque sea en un papel, edifica uno su propia condición y defiende el cerco por el que ha decidido estacionar su vida y sus días. Los grandes avances de la humanidad, las grandes obras han sido fruto de un individuo, de uno solo.
Es un hecho que los lectores aspiran a la soledad: es su territorio arcádico. Y quizás, motivado en exceso, añoro la apaciguada estancia que ofrece un libro. Un libro proviene del silencio y descansa en él. Este alejamiento de lo social, -llamémoslo así, de momento-, me angustia de continuo, porque existe en ese entramado unos valores que la jalonan. Por ejemplo, se ha instaurado la soberbia y la vanidad, así como la mediocridad, como índices óptimos de actuación. Ha dejado de existir, en esos círculos, la humildad, la que favorece el aprendizaje que los demás portan en cada palabra, en cada gesto. En su lugar, todos se sienten capaces de todo a pesar de su escasa formación o de su escasa cualidad para ello o de su imposibilidad para esa tarea. No hay evidencias en sus fueros interno, pues saben que lo más importante es saber colocarse en la escala de soberbios y vanidosos. En estos individuos hay un vacío interior que los corroe y que los hace no entender su condición. Piensan que los actos más banales les otorgarán la gloria, la gloria que ellos no poseen en su interior, con su propia voluntad y sensibilidad. Es este uno de los males de la sociedad actual que está minando el arte.