viernes, 27 de mayo de 2011

Me he visto envuelto de nuevo en una de esas circunstancias que resuelvo sin inteligencia o quizás sin la soltura con la que debiera. Resulta que alguien que ha leído el libro de poemas me pregunta sobre el libro, sobre todo porque quiere tener alguna referencia de mis pretensiones. De qué vertiente me considero afín, qué poeta, qué libros. Gracias a la intrépida participación de R., que actuó como escudero quijotesco disipando la realidad, pude salvar la situación de la forma que considero más ingeniosa: sin contestar.

No lo pienso así porque sea esta la forma más elegante o razonable, sino porque considero que es la única. No puedo contenerme en esas situaciones en la que me enfrento con lo más profundo o con la esencia a la que nunca he querido profanar. Hablar de la poesía es un elemento de envergadura, no cabe respuestas precipitadas o maleables, frutos del momento, intrascendentes respuestas. Se habla de poesía cuando se habla de la vida y de la muerte y no todos pueden decir la muerte entre las sílabas. No puede uno resumir sus lecturas o sus preferencias, -que han llevado años, pensamiento, reflexión- en un par de frases más menos entendibles. No puede uno resumir un libro de poemas apuntando aquí o acullá sin más miramientos que el de hacerse el interesante o simplemente guiado por los caballos de la vanidad.

Me siento menos yo que nunca con esas preguntas y por ese motivo soy incapaz de contestar, por ejemplo, que el yo que las escribió es una creación estética que nada me interesa, pero esa respuestas hubiera querido de otra explicación y de otra añadidura. No hay nada que más me repudie que un poeta que se llama a sí mismo puro, realista o heredero de la vertiente X, porque los poetas verdaderos solo saben sentarse en el centro del bosque a respirar, solos, haciendo de la respiración la lenta presencia del mundo, haciendo de la materia invisible la luz cegadora, provocando la fusión de lo externo en lo interno sin palabras.

El poeta que conoce, medita y pertenece al silencio; el que ha conocido, es el que habla, pero ya es pasajera presencia sin sustancia.


***


El poeta es la casa de la presencia. Entendido como una sinécdoque de la poesía, como una acción en que la palabra y la esencia poética se conducen al unísono. El poeta es un estado de acuerdos que no tienen por qué mantenerse fijos durante mucho tiempo, pero que debe dejar testimonio de esa mixtura. No está en busca el poeta de la palabra justa: la palabra justa ya lo habitaba. Solo es un desvelo, una edificación interna que ya existía, como existe el principio aun sin conocerlo. El poema es el lugar de revelación de la poesía, una concreción motivada por una figura intermedia que debe ser y estarse entre estas dos realidades, en la aproximación. El poeta transfiere a la lengua, que es una generalidad, el matiz de la reserva y la usurpación. El poema queda aislado del resto de las palabras, pero también en ellas se revela con una fuerza que nunca antes había poseído. sus límites son inagotables.No se nombra con más plenitud más que cuando se hace en la poesía. En el poema, forma y sustancia se entrelazan y se confunden.