lunes, 30 de mayo de 2011

El libro sobre Dante se ha convertido en un tríptico que versará sobre Dante, Rilke y J.R.J., con estaciones en san Juan, Garcilaso y T.S.Eliot, por ejemplo.

Hace unos días estuve en Cádiz. Volver a esa ciudad es encresparse en la letanía del levante, haya este saltado o se encuentre rezagado entre la luz insólita de aquella tierra húmeda. Cádiz se ha convertido para mí en un lugar de llegada, y no todas las ciudades se pueden convertir en un enigma de la llegada. Porque cuando uno lega siempre a una ciudad como si fuera la primea vez no puede más que dilucidar que está ante un enigma.

Ahora que reordeno algunas partes de la biblioteca he visto con claridad que su destino es el desorden. Tal como la vida, en un desdén continuo debido a la confusión y a lo azaresco, los libros van terminando donde nunca antes habían pretendido descansar. Como uno. Un libro de Stendhal, por ejemplo, sobre sus viajes a Italia, lo he visto junto a un libro del viejo Tólstoi: esa imagen me ha emocionado. Otros tantos de poesía alemana han saboreado la prosa de Mann o los sones filosóficos de Stravinsky.

Decidí eliminar los tres asteriscos que ejerce de linde entre cada texto. Le he dado descanso a su labor pragmática y comunicativa, porque quería que, estos textos ya antiguos, fueran mostrándose como la música de Satie. Para reflejar esa música, sobre todo de piano, Satie supo que debía recurrir a los griegos. Así fue como su vida encontró la genialidad. Allí, en París, me fotografié junto a la casa en Montmartre en que había vivido por unos años y en donde había fornicado no pocas veces con alguna prostituta de los burdeles cercanos. Allí mismo hay un cementerio hipnótico sobre el que he escrito muchas veces mas sin mencionarlo.

Otro volumen singular asoma como no lo ha hecho nunca. Las tragedias, de Eurípides, Sueños, de Petrarca o Las mil y una noches en la traducción mítica de Cansinos Assens. Todos parecen renovados a pesar de haber convivido con uno durante muchos años y es por eso por lo que creo que, en la vida de uno, hay que rescatar ciertas imágenes enquistadas en la memoria con la intención de darles brillo y canto y así poder observarlas en la cercanía y no con la renuncia y el olvido de los lomos descolocados.

Los escritores de hoy, amigo, los de hoy, aun sin ser escritores, son lábiles presencias como insustanciales son sus obras. No puede trabajar con la palabra sin haber tenido la experiencia continua del yo, de la metamorfosis y la renovación órfica. Ser uno y ser todos. Vivir en las espaldas de quien creemos ser y sostenernos meditabundos sobre los verbos en infinitivos y las palabras en mayúsculas. No hay maestros modernos,solo algún adelantado guía. No puede uno mirar a los que están vivos, porque puede terminar muerto sin darse cuenta. Hay que volver la mirada al mundo antiguo con la savia de lo moderno. No hay escritores antiguos y escritores modernos, solo lectores con talento o lectores, únicamente, lectores, y ya es mucho para algunos.