lunes, 9 de mayo de 2011

Ayer estuve en Córdoba con J.S.M., aunque nunca estuve. Rodeado de poetas, temeraria situación. La carretera parecía una guirnalda y al fin solo nos esperaba el terciopelo de la noche. Quieren los poetas siempre llevar la palabra al extremo, enjugarla en desiderios de puentes de piedra. Estuve en Córdoba, en la memoria de agua, en un canto alargado de muecín. Todo transcurrió como aquella vez, justo debajo de la peña, al lado de la fuente del alcornoque.
Ayer estuve en la palabra y la amistad, porque la palabra edifica el ser. Y con solo nombrar, con solo tantear el asidero de un fonema, puede uno sentirse pronunciado. Con una sola palabra basta, con una sola palabra verdadera.

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Hay demasiados intrusos en la escritura y en ocasiones dudo de que yo no sea uno de ellos. Demasiados intrusos que han olvidado que la palabra se sitúa en el límite. El límite es el territorio natural de la poesía y de la música. Ellas abrazan las cualidades del ser que son limítrofes. Para algunos, las palabras inefables son como cargas que jamás entenderán, como esas constelaciones que sostienen el universo y que calibran la mirada en la noche. Nosotros, noche en la noche, solo un reflejo, aspiramos a conjuntar una armonía que,- a pesar de ser bastarda, porque no nos pertenece-, al menos solivianta nuestra condición efímera.
En la prosa de Zweig, pongo por caso, hay verdaderos prodigios de naturalidad. Su discurso parece un trazado fluyente al que desembocamos como riachuelos ebrios. Leo algunas páginas que dedica a Montaigne. En uno de los pasajes más fascinantes, compruebo que su fijación con el personaje estriba en el alejamiento de la sociedad para encontrar en sí mismo lo más universal. Esa idea me parece exacta. La más ajustada a lo que de verdadero hay en la creación.
Escribe Zweig conmocionado sobre las idas y venidas de Montaigne en su torre y la veneración que tiene por sus libros. Los libros están con los lectores no siempre para ser leídos, sino porque su presencia aseguran un diálogo y una espera: “No se ha instalado en la torre para ser un erudito o un escolástico”. Esta afirmación conduce al lector a una interpretación enjundiosa: los libros ofrecen el silencio necesario; solo dialogan cuando el lector los escoge, solo se pronuncian cuando estamos vacíos. Esta relación va fermentando en la necesidad de dar respuestas a las lecturas: comienza la anotación en los márgenes y el escribir la lectura.
Montaigne pasó del conocimiento intrínseco, de la figuración de sí mismo, a escritor. Para ser escritor tuvo que fijar una imagen estética en sus páginas,esto es, la sustancia de sus libros, como advierte al comienzo. Quería mostrar las propiedades de su ser.

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Releyendo algunos pasajes de El Quijote, acaba uno por revolcarse en esos pasajes que pasaron inadvertidos y silenciosos por las primeras lecturas. En esos años, de enfervorizado estudio filológico, leía uno como del rayo, solo atenido a ciertas peculiaridades estrictamente narrativas o lingüísticas. Se troca esa costumbre con el vivir, pues atiendo en estos días más a lo expresado que a lo expresante, valga el neologismo, aunque nunca se dijo mejor concepto que en mejor forma. Así las cosas, al releer la historia de Grisóstomo y Marcela, caigo en la cuenta de que Grisóstomo decidió que fuese enterrado justo debajo de la peña donde está la fuente de alcornoque en que vio, por vez primera, a Marcela. El difunto había dejado otros encargos para los abades y para Ambrosio, su amigo. Este pasaje, perdido en la memoria, rescatado por la relectura, recupera esa sonrisa de antaño, esa solemne tristura de la letra cervantina que, como nadie, dejó en las letras españolas.