miércoles, 11 de mayo de 2011

Hablaba con R. esta mañana sobre esa costumbre social de ir a una cena en grupo o a un almuerzo, si se quiere, por el mero hecho de salir a algún sitio. No hay más pretensión en esos actos que los de querer pertenecer a las costumbres o los hábitos más frecuentes. Parece que esto refuerza la endeble personalidad o que alegra lo vacuo de los que no tienen otra cosa que hacer. Ahora que se celebra la feria en la ciudad en que vivo, me siento muy reconfortado por el hecho de no asistir y de no compartir esas actividades ruidosas, desagradables y soeces.
Sucede algo parecido a lo que trae el verano. Hay quien nota el más mínimo rayo de sol como excusa para lanzar sus carnes a una playa y para avisar al otro, al que coja por delante, en el trabajo o en una reunión de feria, que sí, efectivamente, irá a la playa, como si en eso hubiera algo de hazaña o de relevante. Así que R. se mantenía conmigo en que uno no es extraño o introvertido dado el caso, antes al contrario, mantiene sus credenciales vivas y fervorosas, edifica de continuo sus hábitos, porque sabe que no son agotables, como no lo es contemplar un cuadro de Velázquez o leer un pasaje de Pessoa. Siempre escucho a R. como un púpilo atento, ya que la afinidad es evidente en la manera de entender el mundo.

Es esa una virtud irrenunciable, que el que la conoce y hacina con vehemencia no debería nunca dejar de hacerlo, porque el vulgo y la mansedumbre así lo quieran. Machado desdeñaba la romanza de los tenores huecos y creo que desdeño las hazañas de los que quieren hacerse notar sin más ni más, de los que creen que sus hábitos deben ser mostrados en público sin pudicia ni vergüenza. Leer, estudiar, pintar, escuchar música son de las pocas actividades que alzan la vida a la dignidad, porque la creación artística enseña que la vida puede permanecer más allá de nosotros mismos.
Es por esto por lo que uno valora sobremanera una cena en la que haya sido el diálogo la catedral de encuentro, en la que uno haya querido más bien estar en silencio, callado, invisible y no haber pronunciado lo inservible, porque sabe que las palabras deben ser comedidas y pensadas y construir y edificar. Todo lo contrario a la charlatanería de las reuniones masivas, al ruido verbal y a la huera reflexión sobre cómo esta tirada una cerveza o sobre el color de las aceitunas. Así que he salido del trabajo con cierto entusiasmo y agradeciendo a R., -aunque no se lo haya dicho-, sus palabras, ya que que las conversaciones de la mañana, las esporádicas visitas y vaivenes de cada día, se enfrentan a la rutina inerte y absurda en la que uno se embosca a diario sin querer que haya desgaste.


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Esta luz era una mañana en la mañana. Todas las mañanas del mundo. Su reflejo acontecía con la cadencia de una viola de gamba. Suaves sus contornos, sin ningún desliz en su proyección. Estática viudez.

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A vueltas con la Filología. cuando terminé de escribir estas líneas, pude calibrar la complejidad de estas sentencias que, quizás apresuradamente, dejé en el diario. Porque la filología pretende estudiar y ofrecer en claro la historia de la cultura, pero entendida como cultura escrita. Me detengo a reflexionar sobre la complejidad de esta frase, la cultura entendida como cultura escrita.
Lo primero que hago es recordar un pasaje de Platón, del Fedón, en la memorable estancia de Sócrates en la cárcel. En él se discute sobre la inmortalidad fundamentalmente, pero en un receso que viene a decir que el uso del cuerpo es el espíritu. Que no importa de qué sustancia ni el mismo origen del cuerpo. El bien como principio supremo que explica la acción, la acción de todo lo que razón pretende aprehender incluida ella misma.
Así las cosas, no importa el origen de la escritura ni la respuesta a por qué alguien decide comenzar a escribir y mantenerse escribiendo toda la vida, lo que realmente importa en todo ello es la idea y la fijación con que el escritor acciona su palabra, porque en esa acción o voluntad el escritor estará intentando acercarse al bien que fija el mundo y en ese bien o idea reside el origen.

Cuando eso sucede, cuando hay clarividencia, comienza a brotar la genialidad que es la virtud del que calla cuando ha participado de ella y ya la posea dentro de sí sin más ni más como todas las mañanas del mundo.

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